Proaño vive entre nosotros

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“Estamos llamados de todos los lados a aportar lo que somos, a quitarnos de la cabeza todo sectarismo entre nosotros mismos, todo aire de superioridad y de manipulación. La visión de fe nos hace pensar que tenemos que buscar la unificación del pueblo y la práctica de un pluralismo comprensivo, amplio, tomando en cuenta las diversas capacidades…”. Así pensaba monseñor Leonidas Proaño, el hombre que supo ponerse del lado de los pequeños, de los “ninguneados” y bebió de las fuentes ancestrales de la cultura indígena ecuatoriana y latinoamericana y a quien se le dedicó un culto para celebrar su vida y su obra de fe al lado de los pobres de la tierra.

En la Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao, y como parte del “Encuentro de líderes cristianos comunitarios en procesos de cambio”, organizado por el Centro Memorial Martin Luther King, se reunieron hermanas y hermanos de 12 países de América para recordar a quien vio la necesidad de construir una sociedad diferente a partir de su práctica cristiana y su convivencia con los pueblos y nacionalidades indígenas.

De la cultura y los pueblos indígenas aprendió el obispo Proaño a amar a la Pacha Mama, a la madre naturaleza, a defender la tierra y las semillas, los conocimientos profundos de la convivencia entre los hombres y mujeres, legados no sólo por la historia oral y los testimonios de los Mayores, las abuelas y los abuelos indios, sino también por el sentido primario de lo humano compartido y sentido en comunidad, es decir, en comunión de espíritu y de cuerpo con Dios y con los seres humanos de carne y hueso.

Y así fue recordado esta noche entre cantos, poemas, símbolos y testimonios de quienes lo conocieron y vivieron a su lado la hermosa aventura cristiana de “ver, juzgar y actuar” desde la experiencia primera que es el ser individual con sus defectos y virtudes, hasta el convivir con el otro y la otra y sufrir, amar, celebrar y transformar las injustas realidades a las que están expuestos las y los desposeídos.

“Nosotros habíamos oído hablar, habíamos leído acerca de monseñor Proaño —expresó el pastor Raúl Suárez, director del CMLK y diputado al Parlamento cubano, pero, sin dudas, conocer cómo se le recuerda y se celebra su obra de fe entre los campesinos y el pueblo indígenas de Imbabura en Ecuador, obliga a los movimientos populares de inspiración cristiana, a las iglesias que entienden y viven el Evangelio y tratan de poner al día la reflexión bíblica y teológica, a retomar sus enseñanzas como cristiano y como educador popular”.

“Es tarea urgente —dijo Suárez— la recuperación de nuestra memoria histórica que es la que nos alimenta, sustenta como naciones americanas y nos ayuda a continuar la lucha de mujeres y hombres como Proaño”.
Las hermanas y hermanos ecuatorianos que participan en el encuentro recordaron al obispo Proaño desde su sentir como hombre y cristiano profundamente comprometido. Trajeron algunos símbolos: hojas de parra, maíz, la luz de una vela, el libro que recuerda su testimonio de vida, su poncho y la nueva Constitución Ecuatoriana. Vivo y desde sus lecciones de vida y esperanza fue recordado el que advirtió: “Nosotros tenemos que contribuir para que el pueblo sea realmente pueblo, para que su conciencia sea cada vez más clara y más crítica, para que su solidaridad sea cada vez más fuerte, para que su compromiso sea cada vez más decidido. Por eso es necesario crear conciencia también en las organizaciones populares urbanas acerca de una práctica económica, educativa y política que sea convergente con el caminar del movimiento indígena, de modo que no se produzcan competencias y conflictos, sino más bien colaboraciones complementarias”.

Pero Proaño con su prédica cristiana fue más allá del púlpito. Vio la posibilidad de crear las bases educativas para construir un verdadero compromiso político que condujera al auténtico cambio de las realidades de injusticia. Y así lo comenta: “Dentro de este panorama desolador, he sido testigo, durante más de treinta años, del poder liberador del Evangelio, vale decir, de la continuidad de realización de los signos con que Cristo acompañaba la proclamación de la Buena Nueva a los pobres. Efectivamente, quienes estuvieron ciegos ahora ven, quienes habían perdido la palabra, por causa de la opresión, y estaban mudos, ahora hablan; quienes se sentían tullidos y paralíticos, porque habían sido maltratados durante siglos, ahora caminan y se organizan como pueblo”.

Su voz, palabra y vida fue celebrada desde un pequeño lugar de América, desde esta Isla que también lucha por la justicia y la esperanza.

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