Puntadas para un proyecto

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Tamara Roselló Reina

¿Cómo nace un proyecto? De una idea claro. Pero hay muy buenas ideas que no prenden en la gente, que se quedan esbozadas en documentos o en intentos fallidos. No es de uno de estos casos del que quiero contarles, sino de cómo el arte de juntar puntadas une también a mujeres, a niñas y niños.
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Hace un año el Centro Martin Luther King Jr. (CMLK) celebró su primer cuarto de vida y quiso hacerlo de manera itinerante. El camino incluyó un alto en el barrio, en Pogolotti, donde las historias del vecindario y de la institución encuentran puntos comunes.
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La convocatoria quedó abierta para un taller en el que se compartieron los secretos de unas muñequeras camagüeyanas. Fue la oportunidad para conocer la experiencia de Carmen, una artesana que ha convertido en razón de vida transformar trapos en juguetes.
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En la sede del Taller de Transformación Integral del Barrio de Pogolotti se reunieron sobre todo mujeres de varios municipios capitalinos. El cierre fue entre niña y niños, entre juegos y canciones. Pero el espíritu de aquellos días ha seguido tejiendo alegrías. Las mujeres que aprendieron cómo hacer muñecas y muñecos prefirieron seguir juntas.
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Alguna incrédula había anunciado que luego de aquellas clases cada cual pondría su negocio y le sacaría literalmente el “kilo” a sus nuevas costuras. Y no es que sea malo que cada cual gestione su sustento con lo que sabe hacer bien; es que ante sí siempre podrá elegir entre seguir camino en solitario o sumar sus esfuerzos a un empeño colectivo.
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La opción de varias mujeres de Marianao de coser juntas se ha convertido en un proyecto contagioso. En otros sitios como Alamar y Jagüey Grande se han replicado talleres formativos, en los que las aprendices de hace un año, se han convertido en facilitadoras, en multiplicadoras.

Este año celebramos el primer aniversario de aquella linda iniciativa barrial con la que festejábamos el cumple 25 del CMLK y que sin proponérselo vio nacer un proyecto autogestionado. Quizás el mejor regalo esta vez fue una carta que llegó desde Haití con fotos de niñas y niños de ese hermano país, que traían entre sus manitas, las muñecas y peluches que salieron del taller de muñequería de marzo de 2012. Entonces las muñequeras recordaron que no hay gratitud mayor que la de ser útiles.
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