Pupila de mujer, mirada de la tierra

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Hoy sorpresivamente me urge el anhelo de llegar a ustedes una vez más por este medio del que reniego y del que públicamente me he despedido. Dirán que soy poco seria con mis declaraciones y promesas pero cuando lean el motivo de mi urgencia comprenderán tal necesidad.

Ya les he confesado mi inevitable destino de viajera incansable. Así los caminos ancestrales se presentan ante mí como enigmáticos senderos que me conducen a la memoria, historia y vida de cada pueblo hermano, esta vez la selva misionera, y el dulce pueblo guaraní, silencioso, y cristalino como el agua.

Me encuentro en Wanda, me trajo hasta aquí el murmullo de una voz femenina y la frescura del agua. ¿El objetivo? Entrevistar a Isabel Aquino, mujer guaraní, para la película “Pupila de Mujer, Mirada de la Tierra”, que estamos rodando. Ella es médica tradicional, algunos dirían con aire despectivo: yuyera. Y sí las conocidas yuyeras son nuestras sanadoras, las guardianas del atesorado conocimiento de la medicina tradicional.

Ella heredó de su madre los saberes del parto, los secretos femeninos para acomodar a los bebés en el vientre, recibirlos no solo físicamente bien sino también espiritualmente en armonía. Una mujer de profunda sabiduría, alimentada de amor a base de raíces y plantas. Me pregunté mientras escudriñaba sus ojos y me detenía en sus palabras: ¿Dónde nació?, ¿cuáles newen, fuerzas de la naturaleza, acompañaron su alumbramiento?.

Cuando se lo pregunté me contó que nació en las cataratas de Iguazú, en el Salto las dos Hermanas. Su padre fue uno de los que, a machete y sudor, abrieron senderos para el tránsito de la gente en medio de la selva. Fueron desalojados del lugar y expulsados sin explicaciones ni resistencia alguna.

Es por ello que el 15 de marzo del 2012 decidimos visitar las cataratas. Invitada por mi hermana guaraní, no debía pagar tasa alguna, pensé. Es irónico que el estado que nos ha invadido, despojado, empobrecido y humillado, pretenda cobrarnos una tasa para caminar en los lugares de los que ellos nos arrancaron. Sin embargo, al llegar allí descubrí que ese gran shopping metido en medio de la selva llamado Parque Nacional Iguazú, es administrado con el mismo criterio con que se maneja un supermercado. Uniformados controlan el ingreso, apostados en los molinetes, rigurosamente controlados.

Al llegar al lugar intentamos atravesar la entrada como quien llega a su casa para recorrerla sin más que la nostalgia y las sorpresas, pero no fue así de sencillo: Inmediatamente mi hermana guaraní fue solicitada para presentarse frente a la “autoridad” del parque, quien de muy malos modos y humillándola le indicó que debía pagar como cualquier persona ya que no hay privilegios para los “indígenas” ni para nadie. Remató diciendo que todos sin excepción pagan como cualquier argentino. Isabel, dulce y sabia como el pueblo guaraní, intentó explicarle los fundamentos de sus derechos, los que por supuesto él no quiso oír, por lo que decidí ya no escuchar más, me retiré de la oficina a la que acompañé a Isabel, me dirigí a los de seguridad y en voz alta les advertí que yo mapuche iba a pasar sin pagar porque había sido invitada por mi hermana guaraní, un derecho que los pueblos originarios debemos pelear para que se modifique esta situación. Muchos niños guaraníes no conocen las cataratas. Menos la podrán conocer qom, mapuches, huarpes…

Ancestralmente echábamos a andar por todo el territorio conociendo culturas y lugares que permitían enriquecer nuestro modo de vida. Alguien tiene que empezar a plantear el tema. Les dije entonces que hicieran ellos lo que debían, que no me importaban los costos, yo haría lo que me correspondía como gente de la tierra.

Pasé junto con Isabel. La tensión, el mal trato, la humillación, habían teñido de gris lo que al principio, soñamos, iba a ser un día luminoso. Todos los letreros en inglés y castellano, ninguno en guaraní. Nos acercamos a los hermanos que están bajo el ardiente sol, soportando temperaturas altas, ofreciendo sus artesanías a los turistas. Los saludamos, ellos muy tímidamente respondieron, con sus miradas hastiadas y tristes.

El intendente del Parque Nacional Iguazú nos dijo que las aldeas guaraníes tenían una excelente relación con parques y que estaban muy bien y felices. Yo sólo ví sufrimiento y pobreza. ¿Cuánto factura ese parque nacional por año? Si se les pagara tan solo el 1% del total que ingresa por año, como regalía a las comunidades no tendrían que estar bajo el sol, humillados dependiendo del turista que regatea, que no entiende, que no valora.

La abultada billetera de los turistas extranjeros determina el precio de las bebidas y demás necesidades de consumo dentro del parque: una botella de agua de medio litro sale 16 dólares. Todo resulta inaccesible para el bolsillo de un obrero y su familia. Nos introdujimos en un corto viaje en trencito hasta la caída las dos hermanas, donde nació Isabel.

Al llegar al sendero que hizo su padre, lo encontramos atrapado en el cemento, y el árbol sagrado que ella ama a través del cual consulta a sus ancestros, tiene encarcelado sus pies en bloques de cemento. Su dolor no pudo más, brotó como torrente desde sus ojos. Abrazó al árbol y lloró, lloró con el dolor del reencuentro y el de la pérdida, lloró su rabia, su impotencia, y tristeza. Yo lloré con ella indiferente al tumulto humano, abstraídas en nuestro dolor, aquel que nadie puede quitarnos porque a veces nos parece que solo eso nos han dejado: nuestro íntimo dolor.

La gente pasaba hablando en inglés. Una guía nos reprochó estar obstaculizando el paso. Ahí fue cuando Florencia, la directora de la película, intervino indignada diciéndole que estábamos sentadas en los bancos de cemento que el propio parque había situado allí. Entre todas las que nos encontrábamos junto a Isabel, defendimos su derecho a ser y estar en ese diminuto espacio.

Nos unimos en un mismo silencio, Viki nuestra amiga y periodista asesora, Gaby nuestra talentosa fotógrafa, mujeres de diferentes mundos, colores, silencios y palabras, sumergidas en ese momento en un mismo dolor al pie de ese árbol, que nos abrazaba con sus ramas pero que gemía con su follaje, pidiéndonos ayuda. Isabel nos mostró dónde jugaban, se bañaban. Que ironía, el pueblo guaraní, construido en la cultura del agua, está privado del acceso a ella.

En cataratas vimos por todos lados carteles que dicen: “Prohibido tocar el agua”. Más tarde la comunidad Guaraní YSYRY, ubicada en Colonia Delia Mado, nos recibía para denunciar toda la discriminación y sufrimiento que padece. El año pasado los niños fueron a bañarse al arroyo, como durante generaciones y generaciones lo hicieron sus antepasados, pero fueron echados a tiros por un particular que dice que el arroyo y la tierra de la comunidad le pertenecen. Allí las mujeres caminan tres kilómetros para lavar la ropa, ahora ven como el intruso ha posteado ya no solo el perímetro del arroyo sino también parte de la tierra donde ellos con mucho sacrificio por la escasez de agua han sembrado.

Si este hombre alambra ya no podrán lavar su ropa, y el instigador comerá sus cosechas. Este testaferro, de nombre Héctor Varón, aparentemente escuda una empresa forestal. La comunidad Ysyry lucha hoy en la defensa de su territorio, fortalece su cultura y resguarda el monte, sueña con que las 17 familias que viven allí puedan tener acceso a la salud, y a la educación. Necesitan que funcione el secundario.

El cacique, un joven y decidido guaraní, Dalmasio Ramos, enseña de manera voluntaria sus costumbres, idioma, cultura, sin remuneración alguna, trabajando codo a codo con los docentes del lugar. Su escuelita es una de la más pobres del país en una provincia rica en recursos. Para ellos nunca llegó la prosperidad del turismo, de la minería, ni las forestales. Son perseguidos, reprimidos, y asesinados.

Las cataratas lloran el dolor de un pueblo que es ahogado en su silencio, mientras que la garganta del diablo, se traga la memoria, la verdad, y la justicia.

Desde el territorio Guaraní por justicia, autodeterminación y libertad me despido ya viajando hacia Humahuaca-Jujuy.

*Me resulta difícil presentar a Moira. ¿Luchadora social, comunicadora y educadora popular ambiental, activista por los derechos de los pueblos originarios y, en especial del pueblo mapuche argentino? Es eso y mucho más. Pero si tuviera que definirla diría que es una mujer a quien no la pueden silenciar.

Un comentario sobre «Pupila de mujer, mirada de la tierra»

  • Gracias hermanas y vi la peli en Brasil
    Hacen añazos busco los mapuches,la cocina, todo, se me lleno el cuerpo
    Lo tenía lleno de aire, bisnieta de mapuches chilenos y blancos
    Lo blanco me dejó soló la sensación de ser toda hueca.
    Soy profesora de español en Brasil, estoy escribiendo un libro y incluí los dialógos de la película. Los comienzo a usar en marzo. Me gustaria saber com relacionar a los mueros. Mi madre murió y no quiero cremarla despúes de 3 años. Cual es la costumbre. Cariños, Arion

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