¿Qué comunicación? ¿Para qué desarrollo?

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Miriela Fernández Lozano

Creo que el Festival de Cine Pobre es un oportuno contexto para hablar de comunicación y desarrollo porque existe mucha consonancia entre los presupuestos que defiende y la comunicación que hacemos en el Centro Martin Luther King, una institución que está a las puertas de cumplir 25 años. Y en ese andar, a través de su vínculo con una teología crítica y comprometida y con la educación popular, ha asumido también, desde la concepción y la práctica, un modelo comunicativo popular, dialógico y participativo, tanto en su trabajo en Cuba como en América Latina.
Esta propuesta, que lleva adelante el programa de comunicación popular del Centro, pero se disemina a los otros (ellos son: educación popular, socioteologico, solidaridad, sostenibilidad y desarrollo organizacional), más que la difusión de mensajes coherentes con los valores que defendemos, sirve al impulso de procesos que generan participación y cambio en territorios, lo que pasa, fundamentalmente, por una organización social, que asumimos como política. Nuestra comunicación no es un fin en sí misma. Se propone la integración de sujetos críticos para la transformación, a través de la visibilización de sus representaciones, de su cultura, de sus necesidades y la actuación con autonomía. Pretende dar herramientas para la autogestión, y también para el dialogo con autoridades locales o instancias superiores con el fin de revertir determinados contextos.
A veces, es el caso más específico del trabajo junto a movimientos sociales de América Latina , esa comunicación organiza para denunciar y enfrentar a las grandes empresas y políticas gubernamentales capitalistas que destinan a las comunidades modelos de desarrollo no acordes con sus modos de vivir o que barren la pobreza del centro a las periferias, zonas tradicionalmente marginadas de la sociedad, lo que deja un área limpia para el mercado y se lee como progreso, inserción en las relaciones económicas internacionales y calidad de vida, al convertir a estos pobladores en consumidores. Esto sucede en sitios de América Latina que no han vivido el entusiasmo de los llamados gobiernos progresistas y también en los que han dado un giro en ese sentido como Brasil y Argentina, pero que no rompen desde lo estructural con los dictados del mercado.
Ya que hablamos de este tema, se podría primero comentar nuestra experiencia en América Latina y luego referir un poco lo que hacemos en Cuba con respecto a esta comunicación, que realmente se amplía cada vez más con las experiencias de quienes llegan a los talleres de formación en educación popular, con sus iniciativas barriales, comunitarias, eclesiales de base, con todas las iniciativas que encaminan quienes conforman las dos redes que hoy anima el Centro: la red de educadoras y educadores populares y la plataforma ecuménica. Por tanto, es una comunicación en movimiento desde el punto de vista teórico, y también práctico, al llenarse de los contenidos y modos de transformar que aportan los integrantes de estas redes. Por eso, decimos que estamos ante el desafío del diálogo, y tiene que ver con construir una comunicación con estas diferentes visiones para penetrar en nuestro proyecto nacional. No estamos hablando en Cuba entonces de una comunicación territorial, sino mucho más abarcadora, una comunicación para el desarrollo, como definió el cuarto encuentro de educadores y educadoras populares, de un socialismo sentido y pensado desde nuestras prácticas.

La experiencia en América Latina
¿Qué sentido tiene hoy la existencia de un sector de comunicación en el Movimiento Sin Tierra, la organización social más amplia de América Latina, nacida en 1984, o en el Movimiento de los Afectados por las Represas en Brasil? ¿Qué importancia tiene la existencia de un periódico sobre las luchas populares como Brasil de Fato, en un país donde la concentración mediática avanza desde la época de la dictadura con el monopolio de O globo, pero también desde publicaciones impresas como la revista Veja o el Folha de Sao Paulo destinado a los más de 190 millones de habitantes? Es conveniente decir para los análisis que Brasil de Fato tiene solo unos 10 mil ejemplares mensuales. ¿Qué significado tiene que la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), creada en 2006, y hoy considerada la experiencia más representativa de resistencia ante la gran minería en Argentina, también se visibilice con voz propia? O, ¿qué relevancia tiene que Miguel, joven peruano de 23 años, haya dejado de sostener el capital en un frigorífico al interior de Brasil donde trabajaba en condiciones de esclavitud y ahora integre el equipo de una radio comunitaria para los migrantes? Podríamos colocar muchos ejemplos de medios que han surgido al interior de los movimientos sociales, algunos más recientes, otros que se perfeccionan. Y es que se ha entendido que la comunicación es una zona de disputa ideológica, y por tanto, también entran aquí los sentidos sobre el desarrollo.
Desde esta perspectiva podríamos decir que en América Latina no hay cambios sustantivos en torno a la asunción del desarrollo. Hoy existe un neodesarrollismo, que aunque inserta políticas compensatorias de distribución de rentas, las economías emergentes siguen un modelo a imagen y semejanza de las grandes potencias y se basan en el agronegocio, la explotación de la fuerza de trabajo para una producción acelerada, la extracción de nuestros bienes comunes y tiempos que van en contra de los principios de un bien vivir.
Ante esto, los movimientos sociales no actúan solamente para conquistar espacios de expresión que no tienen, sino para la recreación de otra forma de producir y reproducir la vida y de organizarse socialmente, y difunden, esparcen a través de la información los sentidos de una economía solidaria, del cooperativismo en diferentes aéreas, de la defensa de la Madre Tierra y de las culturas originarias, de la equidad de género. Experiencias que han sido nombradas emergencias de emancipación, de construcción, con mucha complejidad y no exenta de contradicciones, de nuevos territorios.
Nuestra comunicación
En un breve recuento por la comunicación en América Latina es evidente la disputa, esencialmente, entre dos modelos, uno que se encuadra en los moldes de la comunicación impulsada desde Norteamérica, persuasiva, publicitaria, con rasgos del marketing social o mercadeo social, que responde al capital; y otro, que ha optado por una independencia y por contar las luchas latinoamericanas, sus saberes y sus creaciones de otros modos de vivir.
Si vamos a los años cincuenta y sesenta encontramos aquella ayuda para el desarrollo, que tuvo su rostro más nítido en la Alianza para el Progreso y el objetivo de mantener la influencia de Estados Unidos en América Latina e interpret’o a nuestras culturas y pensamientos liberadores como obstáculos. Habría que recordar que eran tiempos de guerrillas y movimientos populares.
Fundamentalmente desde la academia y también desde estos espacios de resistencia surgió una crítica a ese desarrollo y quedo claro que los problemas en nuestra región eran estructurales y resultado de su dependencia.
En Brasil, Paulo Freire ya empezaba a diseminar la educación popular. Nacieron experiencias de comunicación popular, alternativa, participativa, que también tuvieron sus limitaciones, pero fueron una posibilidad para hablar de la lucha y formar en el fragor de esos tiempos duros.
En ese contexto, surge aquí la llamada comunicación para el desarrollo, que se centr’o en lo tecnológico, en la capacitación para la apropiación de la tecnología y tuvo como positivo su mirada a los contextos culturales, la importancia que dio a la inclusión y la participación. Sin embargo, no fue m’as allá, hasta contribuir con el real empoderamiento de los movimientos populares.
Los años setenta y ochenta, que vivieron el ensayo del neoliberalismo, dieron pie a que los movimientos que se organizaban crearan una comunicación más propia.
En los noventa, aunque seguía la comunicación para el desarrollo actuando a partir de organismos internacionales, los movimientos sociales, que ya tenían practicas comunicativas en sintonía con sus realidades, salen al escenario convertidos en “sujetos de la comunicación”, desde la guerrilla zapatista hasta todo el abanico de actores que en ese decenio se enfrentó al neoliberalismo, pues hubo una fuerte apropiación de las nuevas tecnologías, lo que influyó en su proceso de organización a lo interno y generó una comunicación para el cambio social, en alianza con los medios alternativos.
Hasta hoy siguen apropiándose de los nuevos medios, pero no como recursos de su desarrollo, sino desde los sentidos de la contra-información, la denuncia y la organización política, nacional y regional. A la Minga informativa de movimientos sociales, primera experiencia importante de comunicación integrada por los movimientos campesinos, indígenas, de mujeres, entre otros, se unen nuevos procesos como la Articulación de movimientos sociales hacia el ALBA, donde tiene gran peso la comunicación. Esto ocurre ante un fuerte descrédito de los grandes medios, un desconocimiento de sus mensajes, a lo que ha contribuido también la democratización por asalto de los medios de comunicación y la llamada comunicación ciudadana.
Desde ese punto de vista también habría que referir la cierta crisis de la institucionalidad, y de lo que desde las instituciones puede hacerse por el cambio y la comunicación. El Congreso Mundial de la comunicación para el desarrollo de Roma, de 2006, no depositó esperanzas en estas cuestiones, pues la FAO, el Banco Mundial, como dice el comunicador latinoamericano Alfonso Gumucio, entraron nuevamente a defender el proyectismo y se vio el oportunismo de determinadas agencias. Luego, en 2011, el teórico apunta que el documento redactado por Naciones Unidas sobre comunicación para el desarrollo “es indicativo de que nuevamente pisan fuerte los enfoques de comunicación generados en los Estados Unidos, en detrimento de los procesos de participación que empoderan a las comunidades, a los movimientos sociales y, en última instancia, a los propios países.”
Es por eso que desde las fuerzas sociales hay mayor rompimiento con la espera y se encamina la alianza entre movimientos para la disputa mediática.
La experiencia en Cuba
En el caso especifico de Cuba, desde el Centro, la formación en comunicación recoge la tradición de la comunicación popular en América Latina, y ha cambiado modos de hacer en los diversos territorios, en sus experiencias de base e institucionales. También ha dejado huellas en las universidades, pues ha impactado no solo el saber académico, sino las rutinas profesionales, sobre todo de los periodistas y comunicadores sociales, que han empezado a vincularse a métodos participativos, mas allá de los periodismos que surgen a partir del periodismo 2.0 o la comunicación ciudadana.
Asimismo, la gente se integra a los procesos, surgen cambios de pensamiento, a través de la apertura al dialogo de saberes.
Se ha trabajado con la concepción de que todos y todas somos potencialmente comunicadores. En las redes, hay ámbitos de comunicación para la organización social y se intenciona el mayor conocimiento de lo que ocurre en América Latina.
Las nuevas condiciones de Cuba a partir de la descentralización, del llamado desarrollo local, del cooperativismo y la “actualización del modelo económico” han dado mayor oportunidad para la recreación de estas formas de organización popular y el debate sobre nuestro proyecto y las mejores maneras de contribuir, sabiendo que la evolución social integra a todos las esferas de la sociedad, no solo lo económico.

Para resumir lo expuesto, lo primero es entender que la comunicación debe generar discusión sobre el desarrollo, y como dice el sociólogo portugués Boaventura de Souza, hay varios conocimientos válidos, una ecología del saberes que fundamenta cualquier acción territorial o proyecto más abarcador. Por ello, no se trata de alejarse de los beneficios del desarrollo tecnológico o de encerrarse en la territorialidad del movimiento social de forma excluyente, sino de trabajar en el debate y la construcción de un mejor convivir, con todas estas propuestas de los pueblos.
En ese sentido, la comunicación tiene muchos desafíos. En América Latina, al menos en el contexto actual, que avancen las propuestas de los movimientos, dependerá de que estas lleguen a los gobiernos y será a partir de la comunicación, de la difusión para la apropiación y el respeto de estas formas de vida. Por otro lado, la comunicación también deberá integrar las luchas para un desarrollo más acorde a nuestra memoria, cultura y esperanzas.
En Cuba, estamos ante el reto de seguir ampliando esta comunicación y organizarnos para actuar participativamente y desde sentidos propios en nuestro proyecto socialista.

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