¿Qué puedo hacer por tí Santiago?

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Idania Trujillo

Hay un silencio ausente.

¿Se ha ido la voz?

La voz es ahora la ciudad repleta de ruidos

Santiago de Cuba es una ciudad de sol y montaña, de gente alegre y conversadora, gente luchadora… La última vez que estuve allí fue en marzo de este año, cuando la Feria del Libro estaba en pleno apogeo. En esa ocasión hablé largo rato con Reynaldo, que andaba como loco organizando las presentaciones y recopilando información para publicar el diario de la Feria, un pequeño plegable que, con mucho esfuerzo, imprimían en el poligráfico de la ciudad. Pude compartir también con Mirna y la vi entusiasmada con su proyecto de Origami. Siempre he admirado a las personas que tienen habilidades para armar con su inteligencia y la destreza de sus manos diversos objetos, más aún cuando son de papel. Envidio su paciencia para entregarse a esas tareas. También tuve el gusto de compartir la mesa de presentaciones con las educadoras populares Lixy y Marilín, y conocí a Edel, un joven estudiante de Periodismo que filmó con su camarita de video nuestra exposición aquel día en la Feria del libro santiaguera.

Recientemente con el propio Edel y con Sayonara, su novia gibareña, compartí otra aventura comunicativa, la del portal ecuménico en la ciudad de Matanzas. Allí les conocí más de cerquita. Conversamos de todo un poco: la familia, el Periodismo, los proyectos sociales, Cuba y esta agonía de vivir la esperanza, de la vida, el amor y el trabajo. Compartimos meriendas y muchas horas de insomnio. Ellos, preguntándome si era mejor ese corte o aquel otro plano—como si yo supiera— cuando ellos son “maestros” del audiovisual y yo una sencilla alumna que me llené de su entusiasmo y la ternura con que me trataban y se trataban. Y la amistad sincera y tierna fue uniéndonos y quedamos “admirados” entre el querer terminar todo el trabajo que allí nos había juntado y la necesidad de sentirnos útiles y regocijados por todo el esfuerzo.

Sayo, como cariñosamente le decimos, me envío hace unos días estas palabras a mi buzón de correo: “Mi querida Idi, qué ansiedad por escribirte!!! Es la primera vez desde que llegué (a Gibara) que puedo sentarme a hacerlo con tranquilidad. A los trajines de la casa se suma el ritmo de trabajo, que no deja mucho respiro. Hoy tuve la buena noticia de que mi papá fue dado de alta y ya lo tenemos en la casa… Con Edel he estado hablando con bastante frecuencia. Está un poco impaciente porque aún no tienen electricidad y preocupado por el asunto de las clases y la tesis, pero van sobrellevando la situación. Te agradecemos muchísimo la preocupación y la llamada a la casa. Es la mejor ayuda que pudiéramos recibir, de verdad. Idi, dime de tu papá, y de ti, de tus exámenes. Te repito que me encantó poder compartir más tiempo contigo y tener chance de admirarte y quererte. Un abrazo grande, Saludos a Elizabeth y a la niña”.

Un gesto hermoso que agradezco mucho. Porque ella, a pesar de la distancia de sus seres queridos, especialmente de su papá —que ha estado enfermito— cumplió con el compromiso de terminar el documental Oikoumene. Y a los pocos días, se fue a su Gibara con el corazón partido en dos: la necesidad de ver y abrazar a sus padres y la nostalgia de dejar a Edel, angustiado por los estragos que dejó Sandy sobre el techo de una parte de su casa en San Luis. Cuánta tristeza causa ver tanto desastre pero, al mismo tiempo, una sabe que “somos así” de fuertes para salir adelante; no importa cuán difícil sea el camino.

Por eso, mientras intento reconstruir en mi mente aquella imagen de Santiago, antes del paso de Sandy, e imagino el mar, las tejas de las antiguas casas coloniales que van disolviéndose como en un lienzo sobre los contornos de la bahía, que arde en un azul intenso bajo el cielo lavado, terso y el verde caprichoso de las montañas de la Sierra Maestra, pienso en el amor que todo lo puede, en la solidaridad como certeza y compromiso y me pregunto qué puedo hacer desde acá, desde mi pedacito de ventana y mi techo también agujereado, salpicado de goteras, desde la luz que ahora me alumbra cuando sé que todavía le falta a cientos de ustedes, mis amigos, mis hermanos y hermanas. Enciendo la radio y comienzo a oír esta canción de Santiaguito Feliú:

no exageres lo triste que cuesta seguir

no hay remedio posible sin ti

no prefieras morirte con tanto vivir

qué tienes entremanos

Uno sana quedándose en todo

uno ama demasiado, demasiado amar…

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