“Quedan los árboles que sembraste” (II)

Comparte

El recuerdo subversivo de las víctimas
El Centenario del nacimiento de monseñor Leonidas Proaño (1910-1988) no podía pasar inadvertido. Y no porque quisiéramos honrarle como héroe de la patria, o colocarle en una hornacina, o declararle siervo de Dios, beato o santo. Como tampoco hacerle homenajes o entonar panegíricos de su persona. Menos aún celebrar pompas fúnebres por su alma. Ninguna de esas cosas le gustaron en vida. ¡Cuánto menos tras su muerte!

¿Por qué, entonces, el empeño tan decidido, el esfuerzo tan ingente y la dedicación tan generosa de la Fundación de Pueblo Indio del Ecuador, de Nidia, de Nelly, de Emperatriz, de Leonardo Gabiecho, Patricio y Germán; de Consuelo, Olguita, Lucila, Victoria, Viviana, Cecilia, Miriam… ¿Por qué la invitación a comunidades indígenas de toda Abya-Yala, activistas sociales, líderes de los pueblos originarios, comunidades eclesiales de base, movimientos sociales, organizaciones cívicas y de derechos humanos, teólogos y teólogas, personas y organizaciones de muchos países del mundo?

La respuesta es muy sencilla: para hacer memoria del paso por la historia de un hombre que dejó huella, para recordar y hacer el largo itinerario que él hizo durante los fecundos setenta y ocho años de su vida cada uno en nuestro lugar pero abiertos al mundo, para aprender y practicar las lecciones que nos dio con su vida, para seguir su ejemplo creativamente.

Los seres humanos somos olvidadizos. Tenemos una memoria muy selectiva. Tendemos a recordar las hazañas de los héroes, muchos de ellos sólo en el imaginario social no en la realidad, y a olvidarnos de cuantos pueblos y personas se negaron a seguir la marcha triunfal del progreso. Enseguida borramos de nuestra memoria a quienes prefirieron acompañar a los que el progreso dejó atrás y a cuantos decidieron luchar por las causas perdidas a sabiendas de que no era fácil ganarlas.

Resulta más gratificante recordar aquellos acontecimientos y aquellas personas que se ponen del lado de los vencedores –a quienes llamamos “héroes”-a costa de los vencidos –a quienes consideramos perdedores o fracasados- y a olvidarse de éstos. La memoria humana propende a recordar los progresos de la civilización occidental y a olvidar el “estado de excepción” en que viven los pueblos originarios precisamente por causa de dichos progresos.

La enfermedad más extendida en la civilización occidental es la amnesia, que es necesario combatir con una medicina: la razón anamnética, centrada en el recuerdo de las víctimas, en la narración de sus sufrimientos y en la rehabilitación de su dignidad. Pero no el recuerdo que vuelve la vista atrás con añoranza creyendo, con el poeta Jorge Manrique, que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Ni el recuerdo que considera el pasado como el tiempo ideal a repetir e imitar.

Tampoco el recuerdo que se refugia perezosamente en lo “ya sido” o acontecido para repetirlo en el presente sin aportar un ápice de creatividad a lo que hicieron nuestros antepasados. No es el recuerdo del pasado como restauración, ni como contemplación pasiva de las ideas eternas al modo de la anamnesis platónica.

Es, más bien, el recuerdo subversivo contra el orden establecido de antaño, que se reproduce en el presente; el recuerdo que derriba los cánones de las evidencias dominantes, sabotea estructuras consideradas respetables y bien fundadas, evita la reconciliación precipitada con los hechos, libera de los mecanismos de la conciencia dominante y de su ideal abstracto de emancipación y posee un fuerte contenido de futuro.

Es la memoria peligrosa, que mira al pasado en demanda de justicia para las víctimas y cuestiona los cánones de las evidencias dominantes. Es la mirada crítica al pasado para disentir y decir “no”.

Es, en fin, el recuerdo que piensa el futuro no cansinamente como continuación del pasado, sino imaginativamente como aparición de lo nuevo, dentro de la mejor tradición bíblica: nuevo cielo y nueva tierra, nueva creación, mesianismo, esperanza, tierra prometida, etc. Ése fue el recuerdo que activamos en el Centenario de Taita Proaño del 27 al 31 de enero de 2010 en Quito e Imbabura.

El recuerdo así entendido se convirtió aquellos días en fuente de acción históricamente liberadora. La historia entendida como historia del sufrimiento hecho recuerdo conserva la forma de “tradición peligrosa”. La destrucción del recuerdo es una medida típica de la dominación totalitaria. Cuando a los seres humanos se les quitan los recuerdos y los sueños, comienza su estado de esclavitud.

* “A los pueblos originarios de Aby-Yala de ayer, de hoy y de mañana, adoradores del Sol como fuente de vida y primeros ecologistas de la historia, en recuerdo de la experiencia cósmico-fraterno-sororal compartida del 27 al 31 de enero, siempre en mi memoria y en mi vida, con respeto y agradecimiento”.

por: Juan José Tamayo es secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII y director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro relacionado con el tema es La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant Lo Blanc, Valencia, 2009: e-mail: tlb@tirant.com; http: www.tirant.com; librería virtual: http://www.tirant.es).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>