Reconocer la diversidad como elemento indispensable para lograr una unidad inclusiva y justa

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Estos casos no se parecen a la realidad, son la realidad misma y no es por pura coincidencia que los presentamos.

Crisis familiar
Un miembro de la iglesia se acercó al pastor porque en su familia hay una crisis. Uno de sus primos ha intentado suicidarse después que confesó a la familia su orientación homosexual, su deseo de convivir con su pareja y la respuesta familiar fue el rechazo, la culpabilización de los padres por no haberlo criado bien.

La intervención pastoral propició la reconciliación familiar, la aceptación y hoy estos muchachos tienen su apartamento en la azotea de la casa. La familia se acercó a la iglesia y es parte de la membresía. Algunos en un inicio no entendieron pero después de largos debates, talleres sobre sexualidad, donde se abordó el tema de la diversidad sexual, han ido comprendiendo la necesidad de aceptar el colorido de la realidad y que nadie tiene el derecho de controlar ni limitar la realización plena de la vida de otro.

¿Escapar?
Hace mucho tiempo, en la década de los noventas pregunté por un amigo y me informaron que había emigrado del país. De origen jamaicano, se fue a la tierra de sus padres. Hijo de diáconos de una iglesia protestante, este joven se dio cuenta de su orientación homosexual, conversó con el pastor, y comenzaron jornadas de ayuno y oración para que Dios lo librara del mal. Finalmente, me contó la hija del pastor, una de mis mejores amigas, que el muchacho no pudo superar el sentirse atraído por los de su propio sexo y decidió irse de la iglesia y del país. Vive con su pareja y es médico en otro lugar.

Querer y respetar
A otra comunidad cristiana se acercaron dos muchachas que llevaban dando tumbos por varias iglesias protestantes. Tienen el deseo de participar activamente de la vida eclesial pero cada vez que intentaban integrarse a una iglesia y los demás descubrían su relación, comenzaban los sermones airados, mencionando Lev 188:22, Levítico 20:13, el pasaje de Sodoma y Gomorra (Génesis 19:1-29), Jueces 19-21. Deuteronomio 23:17-18, 1ª Corintios 6:9, 1ª Timoteo 1:10, Romanos 1:26-27.

Estas amigas están hoy en una comunidad que, aunque no la totalidad de sus miembros, la mayoría les quiere, las acepta, les reconoce su compromiso, y ocupan responsabilidades en la pastoral de la iglesia. Sus familiares les quieren y respetan.

Desafío a la familia

El tema que nos ocupa es el desafío a la familia de la diversidad sexual. En nuestro caso visto desde la práctica pastoral. Quiero definir la pastoral como la manera en que la iglesia trabaja para vivir los valores del evangelio, es decir, la buena noticia del Reino, en el contexto donde se desarrolla la comunidad cristiana. La praxis pastoral refleja no sólo un modo de actuación sino toda una fundamentación bíblico- teológica que la sustenta. De la manera que una comunidad comprende e interpreta el texto bíblico y entiende la voluntad de Dios para su contexto, dependen las acciones de cuidado, promoción de determinados valores y hábitos de convivencia y los compromisos que promueve con su sociedad y cultura. De ahí que las iglesias tienen diversas cosmovisiones en cuanto a autoridad e interpretación de las Escrituras.

El teólogo presbiteriano Ary Fernández cita en una de sus presentaciones, al cuáquero Renato Ling y luego plantea: “En lo que se refiere a la religión cristiana un factor determinante surge de la interpretación parcial y superficial que se aplica desde hace siglos a aquellos pasajes bíblicos que contienen alusiones a determinados aspectos de la sexualidad humana” . Este tipo de lectura, característico de las iglesias más conservadoras y fundamentalistas, “prescinde de la gran riqueza y complejidad que marcan el contexto histórico y la realidad objetiva que al pueblo hebreo (y posteriormente a las comunidades cristianas primitivas) le tocó vivir, ignorando la considerable influencia que ejercieron las distintas naciones (con sus peculiaridades culturales) con las que tuvieron que convivir” .

De esta forma no sólo se tergiversa el mensaje de los libros bíblicos, sino que se cometen en nombre del Dios, de la Vida, mayúsculas e injustificables injusticias, al considerarlos como una especie de recetario moral, en lugar de ver en ellos el registro de las experiencias vividas por un pueblo en su interrelación con Dios, tratando de descubrir y establecer en la práctica, los criterios o principios éticos que garantizaran la organización de la vida comunitaria de acuerdo a la voluntad de éste,…pero también de acuerdo a sus visiones socioculturales propias de su tiempo”.

Hoy una interpretación literalista propicia la exclusión, discriminación, irrespeto a los derechos sexuales de las personas. Hay textos que cuando los contraponemos a aquellos que sostiene la práctica homofóbica nos desafían a un real acompañamiento pastoral, liberador, que promueva la responsabilidad y la unión amorosa entre las personas sean de un mismo sexo o no: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Jesús mismo nos enseño a tener una relación sana con las Escrituras. En una declaración poco recordada de Jesús, dijo: “¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?” (Lucas 12:57).

Ary comenta: “Dentro del grupo de personas que se acercan a las iglesias, se haya, indudablemente, un número importante de homosexuales de ambos sexos, que buscan no sólo satisfacer sus inquietudes de tipo religioso o existencial, sino también ser aceptados en el seno de una comunidad que se autopresenta y anuncia como amorosa, fraterna y abierta a todos y a todas. Sin embargo, muchos de estos homosexuales no encuentran en las iglesias esa inclusividad y aceptación plena. No hay que olvidar que para la mayoría de las iglesias la homosexualidad viene siendo como una suerte de “octavo” pecado capital.

Al (a la) homosexual, entonces, se le presentan varias opciones todas ellas, en mi opinión, bastante frustrantes. O es excluido de la comunidad (en el caso de intolerancia más severa) o es marginado y considerado como un miembro de segundo orden o de un nivel inferior, y por tanto con limitaciones en cuanto a derechos y funciones a desempeñar dentro de ella, trayendo como consecuencia que, o bien abandone la comunidad, o se resigne a ese estado de marginación sin desarrollar las potencialidades o dones recibidos.

Otra alternativa que más que una opción se convierte en una condición o exigencia a fin de que el o la homosexual permanezca dentro de la comunidad con igualdad de derechos y posibilidades de servicio: una absoluta continencia (abstinencia) previo arrepentimiento por cualquier inclinación o deseo sexualmente orientado hacia personas de su mismo sexo. Dicho sea de paso esta es la “opción” que aparentemente encuentra mayor respuesta por parte de la población homosexual al interior de las iglesias. Y digo aparentemente porque en la práctica está muy lejos de ser real ese comportamiento, generándose de esta forma una doble moral o moral farisaica muy perjudicial para la experiencia koinónica de la iglesia”.

Después de la Jornada contra la Homofobia del pasado año, las iglesias plantearon otra mirada….no se consideran, dicen todas las declaraciones homofóbicas porque no rechazan a la persona sino al pecado. Aceptan a los homosexuales pero les ayudan a curarse y a arrepentirse de su mal. Algunas presumen de tener muchos testimonios de personas redimidas que ya forman una familia. Tristemente conocemos de casos, que como dice Ary viven en lo que mal llamamos “doble moral”.

Los agentes pastorales sean pastores ordenados, líderes y miembros laicos de la comunidad cristiana deberían trabajar en tres sentidos:

1-El acompañamiento a la persona en su proceso de aceptación y sociabilización de su orientación sexual.
2- El acompañamiento a la familia para generar una convivencia plena y responsable.
3- La educación a la comunidad cristiana en lo referente a la salud sexual en su totalidad, derechos sexuales y reproductivos, la promoción de una ética colectiva como “la reflexión, valor, principio que busca guiarnos en una conducta (forma de actuar) que contribuya a la construcción responsable de la convivencia humana y al pleno desarrollo de las potencialidades de cada persona” y que su función no sea tanto controlar la conducta humana sino un instrumento para posibilitar que las personas vivan vidas sanas, constructivas, en justicia, goce, libertad y amor.

Para esto debe esclarecerse en primer lugar la percepción que se tiene sobre la homosexualidad, en diálogo con la ciencia y la experiencia de los y las homosexuales. La orientación sexual no la elige la persona si no que la descubre. Nadie se mete a homosexual, sino que descubre su atracción por su mismo sexo en un momento de la vida. Las instituciones de formación teológica en sus currículos de psicología pastoral, cuidado pastoral, deben incorporar estos temas y no eludirlos, deben ser responsables ya que mal tratados producen hoy muchas prácticas iatrogénicas. Este es el punto de partida…aceptar la vida como es….

En segundo lugar, debemos trabajar con la comunidad y la sociedad, a la luz de las enseñanzas de Jesús de amar, servir a todos sin distingos. El acompañamiento a la familia entraña librarlas de la culpa, promover el respeto entre sus integrantes, aceptación, diálogo, sanación. Sabemos que el proceso de reconocimiento y aceptación es complejo por las implicaciones sociales que tiene. Es cierto que muchos homosexuales han construido familias, y han declarado su homosexualidad después de adultos… Hay heridas, rupturas a tener en cuenta, por lo que hay que iniciar un proceso de sanación como perdón y reconciliación. En esto todos tienen responsabilidad.

En tercer lugar, reconociendo que la iglesia, en especial la comunidad local es una familia, hay que iniciar una práctica educativa para promover en primer lugar una cultura de paz, de aceptación de la diversidad como elemento indispensable para lograr una unidad inclusiva y justa. El carácter homosexual de las personas sirve a veces de pretexto para desacreditarla en marcos de luchas de poder y relaciones que privilegian al heterosexual blanco y generalmente masculino. Nuestras iglesias, volviendo a las prácticas originarias del movimiento de Jesús y las primeras comunidades cristianas, deben trabajar por ser comunidades de iguales donde no hayan “judíos ni griegos, ni amos ni esclavos ni hombres ni mujeres” (Gál 3:28)

Por eso se hace imprescindible y urgente educar para crear familias y comunidades seguras, inclusivas, basadas en relaciones horizontales, hospitalarias, justas, amorosas y de servicio, abiertas a la celebración de la diversidad de la vida y cerradas a la condena, represión y exclusión. Cito a nuestro poeta nacional Nicolás Guillén: “Al veneno y al puñal cierra la muralla”.

Muchas gracias.

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