Revisitación de Camilo Torres

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“(…) crear escuela se hace necesario”
Camilo Torres Restrepo

Recientemente vi una manta enorme con su rostro donde perfectamente se podía leer: “Una de las causas principales para que la contribución del estudiante a la revolución sea transitoria y superficial es la falta de compromiso del estudiante en la lucha económica, familiar y personal”. La llevaban, precisamente universitarios, como lo que él siempre fue. Y es.

De Camilo Torres Restrepo, se conoce poco, muy poco. Dirán algunos que es todo lo contrario, y en Colombia, su país natal, marcó a muchos, con esa imagen de cura guerrillero; que durante un tiempo el Ejército de Liberación Nacional (E.L.N.), se llamó Unión Camilista-ELN.

Eso es precisamente lo que sucede con el sacerdote de la irreverencia. El encasillamiento de romper con la curia e irse al monte junto a la insurgencia del momento. Pero muy pocos reparan, o no quieren reparar, en la diversidad de Camilo; en la enunciación de la Palabra; en la poesía que conlleva enunciar las Palabras de Camilo, y poesía al fin, la complejidad de su pensamiento que no cabe en la muerte.

Muchos olvidan que jamás violó el quinto mandamiento. Vale decir, existen los olvidadores. Quizá por eso es meritorio hablar de él no sólo ahora que en febrero pasado fue su 81 cumpleaños.

Aún siendo iletrado quien se proponga saber, no tendrá límite alguno para llegar al conocimiento. Los límites serán impuestos por quien procure en sí conocer. Cabe entonces señalar, si es que sobre Camilo, no se conoce o no se quiere conocer.

Tanto peligro encierran los conocedores que dan mal empleo de su conocimiento, o se rehúsan a ser dadores de este, como quienes nunca van en la procura del saber.

¿Habrá miedo en reconocer y difundir, que Camilo Torres provenía de un círculo oligárquico? ¿O a pesar de ello, tomó para consigo el frío y el hambre del desposeído? ¿Temerán visitar al Camilo de los años cincuenta, cuando consideraba que los problemas sociales no radicaban en la propiedad privada? ¿Habrá miedo en difundir que consideró que el cristianismo era capaz de volver humano el capitalismo? ¿o que no fue bien visto por los militantes comunistas de la época cuando era capellán de la Universidad Nacional?

Urge ir desde el Camilo de los años cincuenta y hasta sus escritos finales (nunca, para bien nuestro, terminados, nunca doctrinarios). No reducirlo, como parece ser que algunos prefieren.

Para nada es preciso comenzar en desmembrar los escritos camilistas. Entiéndase, primero las “excusas puesto en esos momentos Camilo era joven y no sabía distinguir bien lo blanco del negro”; tal si nunca hubiesen existido los matices.

Ir leyéndolo, críticamente, implica humildad y como consecuencia, la decisión de adoptar la inconformidad permanente. A qué tanto martirologio cuando debemos ser biófilos y desdeñar la necrofilia. Es cierto que nadie obligó a Camilo a irse a la montaña, fue una decisión nada circunstancial ni precipitada. Pero existe un orgullo fatuo en proclamar que esa opción fue la máxima expresión de Camilo Torres.

Sin embargo, Camilo, sembró y cosechó mucho más. Me atrevo a preguntar por qué no existe igual orgullo con su fallo de adoptar los hábitos sacerdotales. Acaso no tiene la misma osadía fundar una Facultad de Sociología, la primera en América Latina. El ser maestro, no implica también una investigación de cuáles fueron las razones que lo conllevaron a irse a la Montaña de los Estudiantes. Se obvia entonces, al Camilo sociólogo, que se comunica con el estudiantado, a quien logra su complementación desde el ejercicio de la docencia.

Si obviamos todo esto, a dónde regresamos: a la muerte. Es en la vida donde se puede cultivar el amor, es en ella que se ama al prójimo. Hágase, hagamos el amor. Hágase, hagamos la vida.

por: Frank García Hernández

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