Sin sacrificar seriedad, ni decoro, ni belleza

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Julio Antonio Fernández Estrada

Hace varios años que he tenido la dicha de leer, antes que se conviertan en definitivos, los ensayos y artículos de Guanche, sus prólogos, una de sus especialidades, sus investigaciones.

Leerlo ha sido un estímulo tremendo para mí, como lo es para lectores jóvenes que siguen sus ideas y escrituras, y para hombres y mujeres más hechos, que entienden, ante los libros de Guanche, que los temas tocados por él están a salvo de la superficialidad y el oportunismo.

Hacía rato que la ensayística cubana sobre política y derecho no producía un cultivador refinado, en un país de una tradición muy conocida de grandes pensadores y pensadoras, que no enumeraré por su manifiesta celebridad y para no sonrojar a Guanche con tal saga, de la que opino, forma parte de su listado contemporáneo.

Por eso me reconforta leer, todavía tibios, los trabajos que Guanche escribe y esta costumbre se ha convertido en un modo de estudio para mí, porque me obliga, con placer, a pensar, proponer, entender un estilo, donde se conjuga la belleza con la hondura, como debe ser el ensayo verdadero.

Así llegaron a mí los escritos que componen La verdad no se ensaya. Los leí en sus momentos y los he releído como el libro que es ahora. Separados eran ensayos valientes, oportunos, que rechinaban con la realidad que estudiaban, que descarnaban nuestra institucionalidad, que la mostraban tal como era, con un afán de salvación de lo bueno y legítimo y de modificación de lo atrasado, vetusto, inservible e incoherente con nuestros propios principios revolucionarios.

En un solo libro estos ensayos se hacen más sólidos, se complementan, se relacionan, son parte de un pensamiento ascendente del autor, que ha trabajado durante años como historiador, politólogo, filósofo político en el desentrañamiento de la estela socialista cubana del siglo XX.

Guanche se ha detenido tanto en los contextos e ideas que fomentaron los proyectos socialistas cubanos más o menos radicales durante el siglo XX, como en propuestas vivas y actuales para nuestra política de hoy, y lo ha hecho desde una vocación popular, democrática y republicana, que asume como patrón, que no quiere traicionar, que hace armonioso su pensamiento en total.

Los libros de Guanche, como este, son un ejemplo para los que argumentan la imposibilidad del pensamiento político crítico en Cuba. Enseñan que sin sacrificar seriedad ni decoro, ni belleza, se puede escribir y publicar aquí, y se puede dejar una obra para pensar y para convertir en hechos.

Imagino que los que se encuentran sin conocerlo a él, un libro de Guanche en una librería y vean que nació en 1974, se dirán: sería un viejecito de pocos años, que sólo lee y escribe, ensaya y argumenta. Pero no es así, Guanche es padre de dos hijos que cuida y atiende como el amor dicta, en primera prioridad; es esposo, es amigo, es una persona lista a que lo llamen y le hurten el tiempo que le queda para trabajar para otras empresas, no personales, pero sí personalmente enriquecedoras.

Los ensayos de sus libros no descubren que sus frijoles negros, más que dormidos, rendidos, son los mejores que se comen en La Habana y que gusta de compartir el ron, el futbol, y su sensibilidad por la música y todo lo hermoso, menos conocido.

En fin, las ideas que se cruzan en este libro en una dirección y en otra, son parte de nuestra comidilla diaria, de esto hablamos, discutimos, sufrimos, al pensar en Cuba y en los cubanos y las cubanas. No son solamente nuestros temas de ensayar sino de vivir.

Guanche practica a la perfección el pase de magia que convierte en nuestros y comunes a la democracia, al Estado de derecho, a la República, a la Ley, a la libertad, a la Revolución, a la política.

Y nos deja participar a todos en el ensayo general de una Cuba más visible y orgullosa.

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