¿Sistematizamos o qué?

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Sabemos que cuando de sistematizar hablamos, acá aludimos a “sistematizar experiencias”, lo cual trasciende los marcos de un mero método o metodología. Tal es, obviamente, el segundo corolario que, a modo de introducción, pretende colocar un marco mínimo a lo que queremos observar ahora y que, dicho de un tirón, no es más que la forma en que la sistematización de experiencias se está entendiendo en el ámbito de la cooperación, al menos ahora y en el caso cubano; los presupuestos desde los cuales se están llevando a cabo los procederes que, pese a las diferencias que veremos más adelante, aquí se están denominando “sistematizaciones”.
En el mismo cuadro anterior marquemos una obviedad: al igual que otros sectores del conocimiento, la cooperación tampoco escapa a las modas. En momentos diversos, que varían de época en época, diferentes temas se han puesto de moda. Por ejemplo, pese a los años de existencia, sobre todo en el Norte, de diversas teorías y corrientes del feminismo, a pesar de la presencia, observación y confirmación de la cultura patriarcal cubana, más allá de las serias críticas a que se ha sometido el machismo y su alrededores –más o menos frecuentes y/o agudas según los tiempos-, respecto al caso nuestro no es sino a partir de los finales últimos de los noventa que el tema género empieza a ocupar un lugar preeminente entre las agencias de la cooperación al desarrollo que apoyan solidariamente el quehacer de organizaciones nuestras.
De aquí en lo adelante, siempre en todos los casos recuento solamente el caso cubano. Después del género, sin cronologías exactas, algunas cuestiones como “soberanía alimentaria”, ”ecología” y “desarrollo local”, entre otras, van hallando sus nichos en las agendas de las relaciones entre las agencias el Norte y las contrapartes cubanas. Hasta ahí nada raro. Sólo que, asimilado como suerte de moda, la inclusión de estos temas en ocasiones ha dado lugar, o puede darlo, a esporádicos o eventuales oportunismos en las contrapartes, lo cual tampoco es de extrañar ni censurar, pero sí de reconocer reflexivamente.
Sin cortapisas ni prejuicios, y sin detenernos ex profeso en el real crecimiento de las organizaciones cubanas, admitamos como circunstancia absolutamente natural que la cooperación, por más solidaria que sea, como de hecho se expresa habitualmente en nuestro país, tiene el poder de los recursos de que las contrapartes carecen. Es así que, posiblemente con alguna frecuencia, adoptamos o podemos adoptar como persuasiones propias (entendido el término como “aprehensión o juicio que se forma en virtud de un fundamento”) temas de interés básicamente de la cooperación sin que, en todas las oportunidades poseamos la sensibilidad y concientización necesarias sobre su auténtica expresión en nuestra realidad y acerca de sus implicaciones ulteriores, no solo en las comunidades con que trabajamos sino al interior de nuestras propias organizaciones. En otras palabras, sin que de verdad sepamos con qué vamos a vérnosla, si tal es parte de nuestras intenciones de cambio más apremiantes, si tiene o no cabida en el espacio institucional al que pertenecemos, si ese contexto es poroso a la propuesta transformadora de que se trate. Aunque en nuestro caso la transparencia y el respeto presiden las relaciones mutuas Norte-Sur, la verdad popular que afirma que “quien paga, manda” también acá puede asomar un trocito de la oreja, no obstante la honradez y seriedad más que probadas de las contrapartes cubanas y la transparencia y el respeto, entre otras virtudes, de las agencias.
Pero volvamos al tema en el cual queremos detenernos: de un tiempo acá, en Cuba, entre las agencias, está de moda “sistematizar experiencias”, lo cual, así dicho, es muy bueno. Un número importante de los proyectos que apoyan se está intentando sistematizar. Entonces, lo que quiero ver aquí es cómo se está entendiendo y haciendo eso desde las exigencias de las agencias y el consentimiento pleno de las contrapartes.
Apresurada, me adelanto a hacer saber que los puntos de vista a que me afiliaré en este breve trabajo se sostienen en los conceptos sobre sistematización de experiencias, que comparto, de la red centroamericana de educación popular Alforja, de quienes aprendí lo que sé del asunto. En particular, de los saberes descubiertos del educador popular que para mí es el primer referente en el tema en América Latina. Hablo de Oscar Jara.
Entre nosotros está ocurriendo regularmente que el ejercicio de sistematización –que suele contratarse a expertos y expertas, para facilitar el proceso—se realiza durante la ejecución del proyecto de que se trate, es decir, simultáneamente a la implementación de la experiencia, no importa que en ocasiones en sus últimas fases, las más apuradas por lo general. Visto desde el modelo de sistematización al que me adhiero, quiere decir que, al parecer en aras de ganar tiempo, esta manera de hacer obvia un momento esencial a la sistematización: la reconstrucción histórica del proceso, con lo cual, ciertamente, pierde esencias y deja de ganar en la profundidad del análisis y, por lo tanto, en el número y calidad de los aprendizajes a extraer. También deja ganar otras cosas que ese breve espacio no permite abordar ahora, algunas de las cuales las salva en buen medida la pericia de los facilitadores y facilitadoras a que me referí, en especial si se trata de educadores y educadoras populares.
Téngase en cuenta que, según Jara, “la sistematización reconstruye el proceso vivido para analizarlo e interpretarlo críticamente. Y eso es como una especie de condición.” Si aceptamos esta tesis, que para mí sería invulnerable, es irrefutable que en la manera en que se está soliendo hacer ahora en Cuba, ese importante paso de reconstrucción histórica –que debiera ser colectivo, y que es el que nos permite revisitar la práctica con los ojos de la experiencia atesorada, con la memoria, visiones y matices de muchos de los participantes—se anula.
Y si no hacemos tal reconstrucción histórica desde el grupo protagonista, difícilmente podemos enfrentar con la mayor precisión posible la interpretación crítica de lo acontecido para “identificar contradicciones y tensiones entre proyecto y proceso”, que es, en definitiva, una de las esencias que dan cuerpo al meollo de la sistematización de experiencias. “Y esa interpretación crítica es la clave”, añade el maestro ya citado:
Par enmarcar mejor lo que queremos subrayar, valgámonos del poder de síntesis de Jara quien afirma que “la sistematización contribuiría a ponernos delante de los ojos lo siguiente: “esto es lo que queremos hacer, esto es lo que queríamos hacer, este fue el proceso que nosotros desarrollamos, los cambios, las opciones, cuáles fueron los factores decisivos, qué opciones tomamos en el camino, por qué”.
Seguramente podremos estar de acuerdo en que en modo alguno es posible reconstruir lo que, en el momento dado se está ejecutando, porque todavía no ha sedimentado memorias. Tampoco se puede interpretar críticamente con el rigor necesario, porque en el período de ejecución la energía, el tiempo y los recursos están colocados casi únicamente en hacer lo que está planificado hacer.
No debe perderse de vista que, como anota Jara, “si las experiencias son procesos históricos sociales en permanente movimiento llenos de complejidad, entonces para nosotros sistematizarlos tenemos que irnos un poco atrás, reconstruir qué pasó. Algo así como tener un video de lo que hicimos y regresar al comienzo y volverlo a ver, pero como un video fórum para ir analizando qué fue lo que pasó y por qué pasó”.
Solo de esa manera, tiempo por medio, mirada distante que garantice la voluntad y posibilidad de ejercer la observación crítica, es que podremos darnos cuenta, por ejemplo, de por qué hicimos algo de una cierta manera y no de otra” (…)”La mirada de la sistematización es tratar de identificar los momentos, las etapas, y preguntarnos cómo fue el movimiento, independientemente de lo planificado.”
Aunque la sistematización de experiencias tiene elementos comunes con la investigación cualitativa, con la evaluación, tiene una diferencia sustantiva: la sistematización de experiencias trabaja respecto al proceso y no a los resultados.
Ocurre sin embargo, que la costumbre más extendida, la que al parecer más interesa a la cooperación es evaluar resultados. Apegado a eso, entre los requisitos para sistematizar experiencias en varios de los casos que conozco, la cooperación coloca términos y nociones -tales como viabilidad, pertinencia, relevancia del proyecto, factibilidad-que realmente remiten con claridad a procederes evaluativos y, por lo tanto, se separan de la idea de sistematizar experiencias a que me refiero, o la contaminan inútilmente en el mejor de los casos.
Otras ausencias hay en la comparación que aquí he establecido: según Jara, en la sistematización de experiencias, “a diferencia de algunas maneras de evaluar e investigar, (…) creamos un espacio para compartir, lo cual, dicho sea de paso, aquí sí se garantiza.
Sin embargo, no aprecio que se compartan alientos especiales por definir –y menos grupalmente- la motivación del proceso. Muy poca o ninguna atención presta la cooperación a la precisión del eje de la sistematización, que es el que facilita “no perder el enfoque central y evitar dispersiones”. Tampoco la agencia suele hacer énfasis en “el porqué (o las razones que llevaron a hacer algo de un manera y no de otra, y que es donde) se juega la objetivación. Es decir, son dos momentos: “qué fue lo que pasó y por qué fue que eso pasó.” Por suerte, en casos que conozco eso han solido satisfacerlo en buena envergadura los facilitadores o facilitadoras de estos procesos, que son las personas o “la persona que se encarga de animar, de que se sistematice, porque esa es la persona destinada, porque tiene tiempo para poderlo hacer, y hay un grupo que va a participar de lo que otras personas proponen.
Otro talante, nocivo a mi modo de ver, y que aparece con más o menos frecuencia, en dependencia de la agencia que apoya el proceso, es la tendencia a la complacencia respecto al ejercicio de la crítica. Observar y registrar un dato de la realidad, contrario al propósito de la experiencia de que se trate, resulta inaceptable para algunas agencias, con lo cual, digo de paso, a lo único que se contribuye es a reproducir el status quo que se quiere cambiar. En ese contexto, algunos registros de datos de la realidad pueden satanizarse, innecesariamente.
A partir de lo apuntado al vuelo, en mi modesta opinión, lo que hacemos ahora bajo el nombre “sistematización de experiencias” es un ejercicio que, sin dudas, arroja resultados beneficiosos para las partes involucradas. Pero mucho de lo que la agencias promueven bajo el nombre “sistematización de experiencias”; según yo lo veo, es más que todo un suerte de monitoreo o evaluaciones parciales más o menos permanentes que, lo que permiten, cuando más, es ajustar el rumbo. No me consta que haya una vuelta atrás, un seguimiento de los aprendizajes (tampoco fuera de Cuba).
Naturalmente sé de opiniones que sostienen que ésta que se está dando acá, es también una manera de sistematizar experiencias, diferente a la de Alforja. Esa afirmación que respeto y con la cual no pretendo polemizar, me trae a la memoria otra que aseveró que hay una Educción popular que es política y otra que no lo es. Ahí sí no callé. Rotundamente sostuve que si no es política, sencillamente no es educación popular.
Vuelvo finalmente al tema, para lo cual cierro con Jara: “Sistematizar (…) es hacer un proceso de análisis crítico, de descubrir el por qué y cómo se relacionaron los distintos factores de la experiencia, extraer el aprendizaje y compartir”.”El asunto es no solo recordar (la experiencia), sino mirarla críticamente”.

por: Marla Muñoz

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