“Solidarite ak Ayiti”. Practicar un lenguaje de lucha y humanismo

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Miriela Fernández Lozano

“Kouraj, en creole, que mezcla ánimo con capacidad de resistir es la mejor palabra que encuentro para describir al pueblo haitiano y a los campesinos, que están más cerca de nosotros. Con ellos, todos los días, desandamos las lomas de Haiti”, dice Livia, una de las jóvenes brasileñas de la brigada Dessalines cuando interviene en el conversatorio convocado por el CMLK sobre el contexto actual del país caribeño y la reconstrucción emprendida por su pueblo después del sismo del 12 de enero del 2010.

Minutos antes, algunas imágenes han mostrado la labor de Vía Campesina-Brasil en Haití. Integrantes de esta organización llegaron hace tres años a la región de Artibonite, a unas dos horas de Puerto Príncipe y allí conformaron la brigada Dessalines, en homenaje a quien proclamara la independencia el primero de enero de 1804.

En la región hallaron paisajes áridos, pero juntos han ido modelando un aspecto más habitable. Luego del terremoto, unas treinta personas de la Vía se incorporaron a ese equipo de solidaridad. Hoy cuentan con una infraestructura más solida que les ha permitido contribuir en varios ámbitos, como el cultivo de la tierra y la reforestación, la generación de semillas propias, la construcción de cisternas, y la educación popular.

Durante la semana, desde su campamento en Artibonite se mueven a distintas zonas rurales, muchas veces en motocicleta porque, según cuentan, el sistema de carreteras y el transporte han colapsado en estas aéreas. Los fines de semana, se evalúa el quehacer de la brigada, y también hay más tiempo para atender la pequeña chacra que rodea el lugar, dedicarse a una siembra más sosegada, y ocupar el terreno y entre brasileños y haitianos, jugar al fútbol.

“Esa convivencia nos ha permitido entender la compleja realidad haitiana y la forma en que resisten”, señala André, miembro del Movimiento de Pequeños Agricultores de Brasil (MPA). “Haití fue el primer país, el único donde los esclavos se organizaron y tomaron el poder. Hoy es empobrecido por el sistema capitalista, que hace todo lo posible para que solo veamos ‘su pobreza’. Cuando en los 90 hubo un movimiento más popular, se utilizó al ejército para dar un golpe de estado, y la inestabilidad continuó a lo largo de la década. En 2004 dieron otro golpe contra Jean Bertrand Aristide. Han frenado siempre el proyecto del pueblo.”

Similar es la visión de Raimundo, un cubano que ejerció en la tierra de Louverture su profesión de periodista en los días inmediatos al sismo. Luego de comentar sus raíces haitianas, nacidas con la historia de su tatarabuela, quien fuera traída a Cuba como esclava de franceses para trabajar en un central azucarero, subrayó enfático: “El contexto actual de Haití hay que analizarlo teniendo en cuenta el antes, el durante y el después del terremoto. No se puede olvidar que anteriormente la situación también era catastrófica, que si bien el país tiene importantes riquezas, estas son tragadas por quienes están encima de ese pueblo.

Durante el terremoto, se dio un fenómeno de concentración de grandes intereses. Muchos lo vieron como punto de llegada para obtener ganancias, entre ellos, la Organización de Naciones Unidas (ONU) que, posicionada en el país en el 2004, mostró su interés de lucro, pues con el pretexto de encargarse de distribuir la ayuda humanitaria y de la estabilidad, lo que hizo fue montar un gran negocio.”

Para Silvia, esta injerencia extranjera ha traído consigo la dependencia en una cuestión clave como la alimentación, ya que un gran porciento de los productos que consume el pueblo son importados: “La mayoría de la población come arroz de los Estados Unidos, que al igual que otras potencias domina el mercado del país. Es un arroz subvencionado. Solamente el azúcar y el café se producen aquí. De las granjas de República Dominicana se destinan las canastas de huevos para Haití y mandan además la carne de pollo, que es la de peor calidad allí.

“Con Duvalier y luego en el período de Lavalas, con las políticas neoliberales que han sido muy fuertes, se destruyó la economía campesina. Antes podían producir el 80% del arroz y tenían también frijoles y todas las cosas que necesitaban para comer, pero ahora vemos mucha hambre en el campo, lo cual es un absurdo. ¿Cómo es que un campesino no puede producir su propio alimento? Las políticas perjudicaron además la captación de agua. Hay sequía constantemente, no hay árboles para retener agua en el suelo y, por ejemplo, el 70% de la población utiliza como energía el carbón vegetal.

“Sin embargo, en las ferias, los campesinos y las campesinas haitianas traen lo que producen para vender. El 60% de la población que participa en ellas es rural, y logra un sostenimiento de la economía. También donde hay canales para la irrigación crece una vegetación muy bella y el pueblo se organiza para manejar el agua. Tenemos que defendernos de las Ongs, y producir nuestro propio alimento. Por eso, los movimientos sociales haitianos han empezado a luchar por la soberanía alimentaria”, explica.

MST en Haití
Fueron las vivencias de Dayana y Patrola, integrantes del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil (MST) y de la brigada Dessalines, las que sirvieron de base a este encuentro, pues el intercambio sostenido en días previos, durante su paso por La Habana, donde dibujaron el escenario de los movimientos sociales de Haití, señaló la importancia de profundizar en el contexto del país y en el fortalecimiento de la articulación con otras organizaciones de América Latina.

“Después del fracaso del proyecto popular tras el golpe a Aristide, los movimientos sociales se encuentran fragmentados”, comenta Patrola. “Tratamos de crear unidad y para ello trabajamos con cuatro organizaciones rurales fundamentalmente (Movimiento de Papaye (MPP), Movimiento de los Campesinos del Congreso de Papaye (MPNKP), TK (Tèt Kole), y la Coordinación Regional de las Organizaciones del Sur Este). Queremos pensar algo más estratégico, que pueda reavivar un proyecto político en Haití.”

La capacitación juega un papel esencial. En una nación donde el 65% de la población es analfabeta, el método Yo sí puedo ha comenzado a transformar el campo. De acuerdo con Dayana, la Vía Campesina también está inmersa en la construcción de un Centro Nacional de formación y de otros espacios para la producción animal. Entre los frentes educativos se encuentran el cooperativismo y la agroecología, pues se intenta impulsar un proyecto IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano) en estas regiones.

“El estado haitiano, con la crisis, ha cerrado seis escuelas de agroecológica. Campesinos jóvenes se ven obligados a salir del campo y vender la fuerza de trabajo en la ciudad. Nosotros hacemos varios esfuerzos. La Vía diseñó un intercambio para que 76 jóvenes haitianos fueran a Brasil a conocer las experiencias en zonas rurales. Gran parte de los que volvieron están muy activos, y para nosotros esa es la mejor manera de hacer formación”, dice ella.

Con aire de denuncia, advierte: “Haití padece varias crisis estructurales. Entra mucha plata, pero se queda en los Estados Unidos, en Europa. Hay más de 10 000 Ongs, que contratan personal del propio país al que pertenecen el desempleo llega a un 80%. Por otro lado, no se justifica hoy la presencia de la MINUSTAH (Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití), que ha generado violencia contra mujeres, jóvenes, o incidentes como la propagación del cólera, introducida por militares de Nepal.”

Y concluye: “Las tropa están principalmente en Puerto Príncipe, aunque no hay grupos armados ni enfrentamientos. Sin embargo, los periodistas que van a la embajada (brasileña) salen con cascos y chalecos antibalas a recorrer las calles. Es absurdo. El discurso de seguridad de la MINUSTAH describe un escenario de guerra, pero la gente vive pacíficamente. La idea de la violencia ha sido armada”.

La lección del pueblo haitiano

Ante miembros de la Asociación Caribeña, artesanas del taller de muñequería en solidaridad con Haití que sesiona en la Casa comunitaria de Pogolotti vecina al Centro, y otros interesados e interesadas en la situación de Haití, Eliseo, profesor de creole, afirma:

“El problema de Haití se remonta a los inicios de la fundación de la nación. Las potencias nunca le han perdonado a los negros y mulatos haitianos que hubiesen levantado una república negra. En el centenario de la independencia los franceses pagaron para que hubiesen revueltas y se evitaran así las celebraciones que, para ellos, representaban una humillación a Francia. Ahora, el bicentenario, solo se pudo festejar en Puerto Príncipe, gracias a la llegada del presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, pero no se hizo en Gonaïves donde fue proclamada la liberación, pues las tropas rebeldes estaban alzándose contra Aristide y habían tomado la ciudad. Se insiste en mantener ocupada a Haití y en divulgar su imagen empobrecida. Si el dinero que se invierte en las tropas se destinara al Plan de Reconstrucción, a la vivienda, al empleo, a la educación, todo sería distinto.”

Luego, las palabras de la historiadora Maritza, también descendiente de haitianos, dejan en el ambiente un olor a esperanza: “Para mí Haití es patrimonio de la humanidad. Si el país supo contribuir en gran medida a otras independencias, creo que sabrá unificarse internamente. El pueblo haitiano ha demostrado que puede realzar su nación.”

por: Miriela Fernández Lozano

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