Tacita de plata

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a Vivian y su tribu, a los Elena que viven con Cuba
También sería válido recordar que se habla en diminutivo, es pequeña. Si dejara de ser de plata, sería para tomar té o café, nunca, por favor, irá a devenir en jarra, que es apropiada para cervezas, cocimientos, entre otras bebidas rústicas, como rústico es pronunciar “jarra”, o peor aún terminar siendo jarra, que se lava y se guarda en el estante, es de uso cotidiano, y claro que ningún visitante la celebrará, porque él también tiene una jarra. Después de todo, tiene su atractivo ser una tacita de plata.

La cuestión se comienza ha enredar, si alguien nos aplicara el epíteto de “tacita de plata”. En principio no me reconozco en el género femenino, pero una fémina la cual asumiera este renombre, denota cierta vacuidad, al menos, para mi gusto, puesto aquello de andar en una vitrina, para durante generaciones ser admirada, pero, únicamente admirada, raya en una vida maniqueísta.

Sigamos complicándonos. Llevemos este fenómeno a un país. Lógico, tendrá que ser un país chico. Un país donde todo funcione bien. Un país que se conforme con ser colocado en una vitrina, o al menos acepte que le reconozcan así. Digamos que los tres poderes se entienden a la perfección: que el legislativo, legisla; el ejecutivo, ejecuta; y el judicial goza de una infalible corte suprema de justicia. Cuando hay elecciones, quien pierde, asume candorosamente el papel de la oposición. En resumen, es un país meritorio de tal galantería.

Vamos entonces, a colocarle nombre al país y dejémonos de misterio. Hay que aceptar, lectores, que el país próximo a anunciarse, durante muchos años cargó ufanosamente con ser “la tacita de plata”. El Uruguay, era, una tacita de plata. Supuestamente sus habitantes también. La Banda Oriental, recibía en sus predios exiliados de los inestables vecinos, además de una ordenada migración europea, que ayudaba a refinarse.

En el siglo veinte, mientras la Argentina o el Brasil se estremecían en revueltas y golpes de estado, de manera adusta, los ciudadanos orientales ostentaban un alto nivel de vida. La clase media descansaba. No conocían la subverción y casi todos vivían en Montevideo.

Pero claro, siempre tenía que haber un inconforme, alguien que protestase de por sí. Y las protestas, comedidas, tal y les correspondían, empezaron después que una islita caribeña hiciese una revolución. Para ellos, hasta el momento, todas las revoluciones se traducían en asonadas militares.

Los comunistas y socialistas vivían tranquilamente, cuando más algún curul, pero nunca optarían por salirse con insurrecciones como la de Luis Carlos Prestes en Bahía, o los proletos que encabezaban la CGT de Perón.

Un día, en Punta del Este se reunieron representantes de toda la América. Un pretencioso argentino, vestido de verde olivo, conocido como Che Guevara, fue encabezando la delegación cubana. Los estudiantes salieron a recibirlo, a escucharlo, a interpretarlo. Y las revueltas se iniciaron. Donde nunca hubo que cargar contra los respetuosos ciudadanos, se escapó hasta una bala, murió un estudiante, que infortunadamente su nombre era Líber, su apellido Arce. Conjugación tremenda: muere joven, Líber Arce.

La tacita de plata tenía sangre. El cristal de la vitrina comenzaba a rajarse. Con el tiempo nació un Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros). Con el tiempo, los militares, se fueron escurriendo de los cuarteles y ocupando las calles. Con el tiempo hubo torturados, exiliados, más muertos. Con el tiempo, hubo militares, que no les agradó la idea de perseguir a sus compatriotas. Con el tiempo, nació un inesperado Frente Amplio, y ya en tiempo de elecciones, las cosas no eran en blanco y colorado. Con el tiempo sobrevino la dictadura. Pero no fue sencillamente con el tiempo, digamos, más bien, hubo muchas cosas que fueron con el pueblo.

Con el pueblo, el pasado 29 de noviembre, la rambla se desbordó del tricolor frenteamplista, desde la tarde-noche y hasta algo más. Todos sabían que el Pepe Mujica, que no dejará de trabajar su chacra, ni tampoco irá a vivir donde los otros presidentes, porque él no se siente así, y tal vez, aquel palacete le traiga los malos momentos de cuando fue recluso en el penal “Libertad”. Quizá por eso donará su salario como mandatario y nunca se acostumbrará a usar corbata: ese lazo que asfixia y es incómodo de más. Todo eso fue ese domingo, él último de noviembre que conociera el 2009.

Ya hoy no queda nada de la vitrina, ni falta que hace. Tampoco se quiso sangre y traumas para desarmarla, como de igual modo no se quiere más sangre, sino más vida, y mucha memoria ¿Y la tacita de plata? Era solo un epíteto cursi que se ajustaba al Uruguay que era gris.

por: Frank García Hernández

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