Teología, literatura e identidad cultural en América Latina y El Caribe

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Luis N. Rivera Pagán

“Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña el mundo.
Es víspera de Dios. Está uniendo en nosotros sus pedazos”. Olga Orozco

Desdoblamiento en máscara de todos

Los juegos peligrosos (1962)

Una ausencia inexplicable

En un análisis pionero sobre las implicaciones teológicas de los escritos de José Martí, Reinerio Arce Valentín llama la atención a la necesidad de estudiar los vínculos posibles entre el discurso teológico y la literatura en América Latina. Señala a un pasaje clave de Ernesto Sábato, en su enigmática novela filosófica, Abaddón el exterminador, en el cual el escritor argentino indica que las cosmovisiones filosóficas latinoamericanas no se encuentran en tratados de “pensamiento puro”, sino en “nuestras novelas”.

Vítor Westhelle y Hanna Betina Götz, por su parte, han publicado un sugestivo ensayo en el que deslindan el fructífero pero descuidado campo dialógico entre teología y literatura como posible vía prioritaria para superar los actuales escollos del pensamiento teológico latinoamericano, en este difícil tiempo que Elsa Tamez ha caracterizado de “sequía mesiánica” Apuntan hacia el mito, con sus alegorías de orígenes y futuros alternos, como eje común de ese diálogo.

El diálogo entre la teología y la literatura en América Latina se hace urgente por los obvios intereses que ambas tienen en la memoria mítica y las ensoñaciones utópicas de los pueblos al margen de la modernidad occidental. Con las notables excepciones de Wolf Lustig, Pedro Trigo, Antonio Carlos de Melo Magalhães, Rubem Alves, Antonio Manzatto, las hermosas reflexiones de Gustavo Gutiérrez sobre la literatura peruana, el reciente libro de Michelle González sobre sor Juana Inés de la Cruz, algunos trabajos míos, e innumerables textos del prolífico Leopoldo Cervantes Ortiz es asunto que ha pasado algo desapercibido.

El esfuerzo más ambicioso en este campo hasta ahora es el del jesuita español/venezolano Pedro Trigo sobre las convergencias y divergencias entre la teología y la literatura latinoamericanas, ubicadas ambas en el horizonte de los anhelos y esfuerzos de liberación.

Trigo estudia las referencias a las instituciones eclesiásticas cristianas y sus ideologías en múltiples escritores. Sin embargo, al lidiar con tantos autores y obras sus observaciones se tornan difusas y pierden precisión. Además, su objeto se reduce a la visión que esas novelas tienen de lo cristiano entendido en un sentido clásico, descuidando la rica y diversa experiencia pluriforme de lo sagrado y lo religioso en América Latina. Tiene, empero, el mérito de señalar un tema de reflexión importante y relativamente inexplorado y de iniciar su demarcación.

María de las Nieves Pinillos publicó hace más de dos décadas un análisis abarcador de la figura del sacerdote en la novela latinoamericana. Estudia más de un centenar de personajes eclesiásticos en aproximadamente setenta novelas, publicadas entre 1851 y 1976 a lo largo de todo el continente, distinguidas en ocho categorías de narrativa novelística (política, indigenista, explotación económica, revolución mexicana, urbana, antiimperialista, guerrilla y la de testimonio diverso).

Clasifica a dichos personajes eclesiásticos de acuerdo a sus relaciones con la iglesia, el pueblo y el poder social. Descubre Nieves Pinillos una correlación importante entre las crisis sociales y políticas latinoamericanas modernas y la evolución de una nueva visión literaria más compleja y sofisticada del sacerdote. Es un trabajo valioso y extrañamente descuidado, de mucho provecho por su carácter panorámico. Esa misma ambición abarcadora, sin embargo, le impide proseguir las innumerables pistas investigativas que descubre al paso de su pluma. Concentra, además, su estudio en la figura del sacerdote, obviando los otros símbolos, imágenes y conceptos de la religiosidad presentes en la nueva novela continental.

El puertorriqueño Pedro Sandín-Fremaint ha publicado un excelente estudio literario-teológico de la obra de una novelista haitiana, Marie Chauvet, en el que demuestra los enormes aportes que pueden esperarse del análisis de la conjunción de ambas expresiones de la creatividad espiritual humana – la literatura y la religión. Sandín, además, supera el patriarcalismo que aqueja a otros críticos literarios y, sobre todo, a los teólogos de oficio.

Ciertamente, no puede dejar de mencionarse en este contexto, aunque sea muy de paso, la obra clásica de Charles Moeller, Littérature du XXe siècle et christianisme (1953-1975), en cinco volúmenes, traducida al español como Literatura del siglo XX y el cristianismo. Indicativo de otros tiempos es que el erudito Moeller no incluye ningún latinoamericano entre los más de treinta autores que analiza, a pesar de que al publicarse su último tomo, en 1975, ya había comenzado a dar muy notorios frutos el boom de la narrativa latinoamericana. Ese desdén eurocentrista es hoy inaceptable.

Quizá sea justo decir que han sido los predicadores los que mayor atención han concedido a las imágenes y símbolos religiosos en la literatura. Véase, de manera destacada, el texto sobre teología homilética de Cecilio Arrastía, Teoría y práctica de la predicación, en el que su autor, uno de los principales exponentes de la oratoria sagrada en Hispanoamérica, insiste en la necesidad de que el predicador medite sobre las imágenes del ser humano y de lo sagrado en la literatura.

Arrastía compara la tarea homilética con la de la cuentera de Eva Luna, de Isabel Allende, que inventa para un viejo soldado, a quien la fatiga del existir le ha adherido un amargo “olor a tristeza”, un pasado memorable y un destino digno, permitiéndole así recuperar memoria, identidad y esperanza. Permanece, sin embargo, en el umbral del diálogo entre teología y literatura, limitándose al usufructo homilético que la primera puede hacer de la segunda.

El discurso teológico moderno se ha nutrido del diálogo intelectual con el pensamiento filosófico y con el análisis social. Ejemplos distinguidos de lo primero son el provecho que Rudolf Bultmann obtuvo de los escrutinios existenciales llevados a cabo por el Martín Heidegger de Ser y tiempo, y el uso que Jürgen Moltmann ha hecho de la filosofía de la esperanza de Ernst Bloch.

De lo segundo, quizá la instancia de mayor importancia es la integración crítica realizada por Gustavo Gutiérrez de las teorías sociológicas de la dependencia. Pero, con escasas excepciones, la teología no ha prestado auténtica atención reflexiva a lo que del ser humano y sus dilemas se refleja en la producción literaria, o peor aún, lo ha marginado a la triste función de adornar un texto con epígrafes e ilustraciones, en fin, a meras decoraciones retóricas.

En un momento en que nuevas corrientes intelectuales tienden a difuminar las fronteras rígidas entre las distintas esferas de la cultura y a recalcar los aportes epistemológicos y hermenéuticos válidos que provienen del quehacer literario, la relativa ausencia de diálogo entre la teología y la literatura constituye un déficit teórico.+ (PE)

(*) Luis N. Rivera Pagán, nacido en Puerto Rico, es un erudito pensador protestante contemporáneo. La presente nota es la primera parte de la conferencia de Rivera Pagán en el Encuentro del 80 Aniversario del Congreso Hispanoamericano realizado recientemente en Cuba.

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