Tlatelolco: de eso no se habla

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a Geraldine y José Luis

De tal forma, caemos en una simplificación de acontecimientos sociopolíticos, que nos hemos ido arrinconando en un esquema mental donde todos los procesos del pasado siglo los hemos llamado de “liberación nacional”, sin ir a la especificidad de esta acepción conceptual.

Olvidamos así a los movimientos sociales que en apariencia surgieron de la nada, esquilmándoles una rica existencia y sus interesantes posicionamientos en los tiempos de las guerras de guerrillas.

Esos movimientos sociales, en otro contexto y sin dejar atrás sus primigenias reivindicaciones, tuvieron que convivir en la mencionada etapa donde, casi por regla, se imponían las armas, entre oprimidos y opresores.

Para quienes no optaban precisamente por la vía de batir el plomo, el camino se les convertía igual de tortuoso, como los trillos insurgentes en la selva, o su modalidad urbana. No sería raro pues, que organizaciones sindicales, agrarias y estudiantiles, terminasen sindicadas de “subversivos al margen de la ley”, formando en buena medida parte del martirologio continental.

Sin embargo, es quizá ahora que se intenta discernir de unos y otros. No ya porque estos o aquellos eran los profetas, sino por la justa precisión de la memoria, siempre colectiva, pero que dista de interpretarse monolíticamente.

En este espacio, cabría hacer entonces una merecida señalización. El destierro en nuestro imaginario histórico, de México, país que vino ha aparecer en nuestros titulares, y casi rezongando, el primero de enero de 1994, con el alzamiento de los neozapatistas en Chiapas, y el post-moderno Sub-Comandante Marcos.

Si hablamos del Grito de los Excluidos, México entrará gritando y con todo derecho, que su Revolución no son los meros murales; que Frida Kahlo intentó llegar en sillas de ruedas a la Guatemala invadida por los gringos; y si Tlatelolco, es más conocido como un convenio de no proliferación de armas nucleares, guarda a la vez mucha sangre joven.

El que no se conozca de esta sangre joven, organizada en un sólido movimiento estudiantil, también recae, en buena medida, por cuenta nuestra.

La masacre del 2 de octubre de 1968, quedó impune y olvidada. Ninguno de los altos mandos fue ni ha sido procesado. Los amagos de exigir condena quedan paralizados, como los cuerpos de aquellos miles de jóvenes.

Las protestas venían aconteciendo desde julio, respecto a las medidas del gobierno del entonces presidente Díaz Ordaz. La también conocida como Plaza de las Tres Culturas, fue el centro de la matanza, arrinconando a los manifestantes mediante la fuerza de blindados de artillería ligera y pesada.

Conste, era un gobierno elegido democráticamente, tanto, que cierto diputado del entonces gobernante PRI (Partido de la Revolución Institucionalizada), a pocos días del acontecimiento y en plena sesión de la Cámara, diría “con el pueblo me limpio el culo”.

Si los encontronazos en el Barrio Latino de París, entre la gendarmería y aquellos que pregonaban “Todo la Imaginación al Poder”, marcó una generación en Europa, los muchachos de Tlatelolco signaron también un punto en nuestra historia.

¿Cuál es la razón de excluir a México y sus luchas contemporáneas? ¿Hay algún argumento sólido para que de la tierra de Quetzalcóatl sepamos someramente de Pancho Villa y Zapata? No hacernos voz de quienes fueron silenciados en vida, nos convierte en tácitos victimarios.

por: Frank García Hernández

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