Tribus, monarquías y democracia.

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Muchas son las razones por las cuales una persona elige a tal o cual candidato para un determinado cargo, la mayor parte de ellas tiene que ver con intereses propios y con la mejor campaña electoral (lo que implica quien tiene más dinero, contactos y hasta carisma). Aunque el sufragio es un referente moderno, la verdad es que las elecciones son cosa ya vieja. En la Biblia encontramos un relato que parece cosa que no ocurrió hace siglos sino ayer mismo y no en tierras palestinas sino en alguno de nuestros barrios. En este relato acontecen situaciones tan memorables que bien nos podrían servir de modelo para nuestros propios y actuales acontecimientos políticos

Es la historia de la elección de Saúl, el primer rey del pueblo de Israel (el pueblo de Israel es aquel bíblico, no el Estado moderno e ilegítimo que atenta contra el pueblo palestino). Sucedió que exigían un rey porque “querían ser como los pueblos vecinos”. El profeta Samuel, que era quien los ponía en contacto con dios, les advierte que un rey iba a pedirles impuestos y tributos, que usará a las muchachas como trabajadoras de su cocina, que les quitará las tierras para su propio séquito y los hará sus peones o que tomará a los muchachos para soldados. Pero pesé a estas sabias advertencias piden un rey (yo supongo que no era toda la gente sino las minorías que ejercen control como si fueran mayoría, de hecho se dice que quienes hicieron la petición fue un grupo de ancianos que representaba a cada tribu).

Desde que se habían liberado, esta gente tenía una forma de organización tribal, vivía en las montañas y pretendía un proyecto alternativo a cualquier tipo de monarquía de los valles, que los habían tenido como siervos o esclavos. Se cree que en este sistema tribal no había explotación, sino que cada familia se complementaba y hacía su trabajo. Todo el excedente se quedaba en cada familia y servía para ayudar a quienes lo necesitaran. Al principio cada quien se contentaba con lo que tenía. Poco a poco hubo acumulación de ganado que requería de terreno, agua y gente trabajadora para mantenerlo y hombres para protegerlo. Así se empezaron a formar pequeños feudos. Con excedentes cada vez más grandes, los propietarios pensaron en el intercambio con el exterior. Por eso una de los argumentos para pedir monarca era la representación frente a otros pueblos. Además sufrieron invasiones extrajeras y estas tierras eran una importante ruta comercial. Fue precisamente en torno a estas rutas comerciales en donde se organizó la monarquía. Así comenzó la monarquía del antiguo Israel.

Finalmente su dios les concede la petición, van a tener un rey y ellos van a elegirlo. Y ahí viene la gran pregunta ¿quién será ese rey? ¿cómo sabrán que es la persona adecuada? ¿gobernará para todo el pueblo o sólo para unos cuantos? Finalmente eligen a Saúl. Hay varios relatos yuxtapuestos de la elección. En uno es echando suertes en las que queda él como rey, en otro es elegido por su altura y gallardía y en otro, dios nombra directamente a este rey. Ya vemos que ni el propio texto bíblico se pone de acuerdo en cual es la mejor forma de elección. Como quiera que haya sido elegido, su reino fue un fracaso y según el relato bíblico Saúl terminó enloqueciendo. Pero se cree que algunas pocas comunidades continuaron viviendo en forma tribal. El resto de la historia de este pueblo, es una serie de reinados abusivos, corruptos, militarizados, enriquecidos, opresores y muy soberbios y de otras tantas invasiones y esclavitudes, hasta que el reino de Israel desapareció de la faz de la tierra.

Me recuerda mucho esta historia a nuestra idealización de la democracia. Nos han hecho creer que democracia es igual a justicia y que su contraparte es una tiranía o una dictadura (aunque muchas veces hemos “elegido” tiranos y dictadores en las urnas, de forma “libre y soberana”). Es increíble lo que se advierta del costo de tener un gobernante: tierras expropiadas, trabajo indigno, seres humanos al servicio del estado, etcétera. Y duele ver que a pesar de esto una y otra vez caemos en la trampa. Creemos que ir a las urnas nos salva de la barbarie. Que votar es un acto civilizado y moderno y que la política es asunto de partidos y que le pertenece a política. Satanizamos así o nos enseñan a satanizar, otras formas de hacer política como los movimientos sociales, los territorios autónomos, las comunidades indígenas o las formas tribales y barriales de organización. Es decir, aquellas formas, que no respaldan un orden social que nos controla y que conviene sólo a unos pocos, tal como ocurrió con las tribus hebreas de las que hemos hablado.

La verdad es que nuestros estados libres y soberanos han sido secuestrados por gobiernos corruptos y violentos y muchas veces podemos ser sus cómplices. Elegir un rey no es cosa fácil, pero la pregunta no esta ahí “¿cuál es el mejor candidato?”. La pregunta que nos debemos hacer es si este orden social al cual apoyamos con nuestro voto es justo y si es la única posibilidad que tenemos para organizarnos. Y para muestra no basta un botón, sino el ejemplo de un pueblo que sucumbió ante su propia vanidad y avaricia, qué dejó del lado una organización horizontal y la cambió por una forma de gobierno que terminó por liquidarlo.

AMEDIACUADRA
Prensa Alternativa
Techotiba, Bogotá, Colombia.

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