Un ejercicio de pensar y amar, como corresponde

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En la sala Nicolás Guillén de La Cabaña, varias generaciones de historiadores, sociólogos, filósofos, escritores y comunicadores —Fernando es todo eso y más— coincidieron este lunes ya fuere para integrar el panel o para acudir, como refirieron algunos, a concretar el acto de justicia que significaría ocupar la silla del lado del público. De un lado, los historiadores Oscar Zanetti y Pedro Pablo Rodríguez, la investigadora María del Carmen Ariet, el economista Osvaldo Martínez, el editor Pablo Pacheco, la comunicadora social Tamara Roselló y el ensayista Julio César Guanche; del otro, decenas de personas que de alguna manera han estado vinculadas a Fernando durante los más de 40 años de incesante labor intelectual, académica e investigativa, compartieron sus experiencias y criterios durante cerca de tres horas.

“Hablar de Fernando es hablar de la vida de uno mismo”, comenzó, desde el lugar de los panelistas, Pedro Pablo Rodríguez. Durante su intervención, el investigador del Centro de Estudios Martianos evocó los que considera dos momentos constitutivos de la personalidad y el relieve intelectual del autor de En el horno de los 90 y Revolución Cubana del 30: su experiencia como profesor e investigador del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, y el trabajo de dirección de la revista Pensamiento Crítico ―una de las más prestigiosas de su tiempo― durante los cinco años que vivió.

Cercano a Fernando Martínez Heredia desde aquellos momentos constitutivos, Pedro Pablo consideró prudente recrear también en sus palabras la efervescencia de la Cuba de los 60: como buen historiador, él mismo, consciente de lo que el recuento significaría para quienes no los vivimos. “Fue una época de dinamismo a escala mundial ―dijo―, la Revolución Cubana llegaba en el momento preciso”. Recordó, por otra parte, que en el período en que Fernando comenzó su actividad académica se advertía, además, “un escaso desarrollo de la teoría revolucionaria en Latinoamérica y que no había sido una práctica sistemática en los movimientos del continente”. El naciente departamento, a cuyo equipo se integraba el veinteañero oriundo de Yaguajay, tuvo entonces entre sus propósitos la recuperación de esa zona del pensamiento y su renovación. “Surgimos, como generación, trabajando para la América Latina —continuó Pedro Pablo Rodríguez—. Al proceso revolucionario cubano le era inconcebible existir sin la dimensión continental”.

De entre aquel grupo de jóvenes que “con gozo” asumieron el proyecto, el panelista opinó que Fernando le enseñó dos cosas: “que había que estudiar y al mismo tiempo participar de la vida del país”. Confesó, incluso, que fue él quien le impulsó a estudiar a Martí, ese faro que Pedro Pablo no abandonaría nunca. “A pesar de sí mismo, pues nada más alejado de su propósito, Fernando ha sido un líder de pensamiento”, explicó Osvaldo Martínez cuando comenzaron a proliferar anécdotas como aquella. Y agregó la suya: “este hombre me enseñó que las razones económicas no siempre lo revelan todo. Me enseñó que el pensamiento social ‘desencartona’ el pensamiento y no solo el económico. Fernando ha sido una permanente incitación”.

Cinco de los siete títulos de su autoría que han sido publicados en el contexto de esta Feria fueron también presentados cuando el mediodía inquietaba los estómagos y el público, misteriosamente, acordaba con los panelistas continuar la charla sin receso alguno. Si breve… (Editorial Letras Cubanas), La crítica en tiempos de Revolución. Antología de Pensamiento Crítico (Editorial Oriente), A viva voz (Editorial Ciencias Sociales), Las ideas y la batalla del Che (Editorial Ciencias Sociales) y El ejercicio del pensar (Editorial Ciencias Sociales), fueron comentados por Pablo Pacheco, Germán Sánchez Otero, Julio César Guanche, María del Carmen Ariet y Tamara Roselló.

El sujeto popular, ese que Guanche advierte como “prisma de toda la obra de Fernando”, emergió en cada una de las presentaciones, pues, como tal emerge de cada una de sus páginas. Sin sustituir los análisis por adjetivos —continuó el joven ensayista—, en estos títulos su autor invita a pensar la Revolución con audacia: muy en serio, como todo lo que hace. Quizá por eso, Fernando Martínez Heredia, al decir de Ariet “uno de los más agudos estudiosos de la obra del Che”, califica su propio texto como un “libro de tesis y de combate”. Son los libros que, como Tamara, podemos leer en las guaguas o en las filas que cada día consumen nuestros tiempos, pues las ideas de Fernando invitan a repasar ―incluso esos espacios― con cabeza propia. Un ejercicio de pensamiento crítico madurado por casi medio siglo y alimentado por la experiencia de quien ha vivido décadas a plenitud, acompaña a quienes apostamos por convertir en mitos las verdades absolutas.

Desde esa “saludable criatura engendrada por la Revolución Cubana” —como calificó Sánchez Otero a Pensamiento Crítico— cuyo cuatro por ciento renace ahora en 500 páginas de un libro; desde las cien cuartillas que el autor ha agregado a aquel estudio sobre el Che que recibiera en los 80 el Premio Casa de las Américas de Ensayo; desde las historias de vida y Revolución que, “si breves”, transpiran una capacidad comunicativa inherente a quien sigue el ejercicio periodístico con pasión; o desde la palabra que “a viva voz” nos reclama del lado del compromiso, los lectores percibimos más de una razón para celebrar la iniciativa de esta Feria: el hecho de que, junto con el escritor Jaime Sarusky, se le dedique a Fernando la 20a. edición, ha permitido no solo que el panorama editorial cubano se alimente de su producción, sino, además, que quienes transitamos durante diez días La Cabaña le encontremos corriendo de un lado a otro, de una sala de presentación a otra, comentando las memorias de François Houtart o acompañando el lanzamiento de una revista que ama. Y siempre con el tiempo ancho para detenerse cuando ¡reclamamos! ―porque así nos lo permite― más tiempo del que quizá exista.

Ante tanto elogio, no obstante, Fernando elije “mantener la cordura”. Recuerda a quienes prometen mucho y no lo logran, porque lo dan todo. Habla nervioso ―como suele ocurrirle en público―, intenta explicarnos que solo ha recorrido la mitad del camino y de inmediato bromea… como también corresponde: “solo la vida me dirá si exagero y se encargará de meterme en cintura”.

por: Marianela González

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