Una cubana en Brasil

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Recuerdo que era abril y en Manicaragua celebrábamos la apertura del segundo grupo FEPAD (Formación en Educación Popular acompañada a distancia), cuando una llamada telefónica del Centro Martin Luther King (CMLK) me trajo por primera vez el nombre de la Escuela Nacional Florestán Fernández (ENFF) del Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra del Brasil (MST). Confieso que hasta ese entonces mis conocimientos del MST no pasaban de generalidades, y de la Escuela, ni noticias. ¿Y a qué voy?, pregunté. A un curso, me respondieron, a la Segunda Turma de Formación de Formadores de América Latina. Por correo te enviamos la convocatoria. Eso, por supuesto, no disipó muchas dudas.

Estaba muy lejos entonces de saber que mi estancia por cerca de 45 días en lo que hoy me atrevo a clasificar como un importantísimo centro de articulación continental entre movimientos sociales y partidos de izquierda, habría de cambiar mi vida y mi visión de Nuestra América de manera sustancial y definitoria.

Un mes después, tras un viaje de casi once horas, arribé a la escuela. Me impresionó favorablemente su estructura arquitectónica, su asiento en pleno campo, a salvo de la polución de ese monstruo vecino que es la ciudad de Sao Paulo y en especial, un asomo en la vegetación y la topografía, cercanos a mi tierra escambradense. Después del café, harto necesario para aclimatar el organismo a una temperatura bastante inferior a la que había dejado en La Habana, fui conducida al patio donde asistí a una mística, la primera, llevada a cabo precisamente por el que iba a ser, más tarde, mi entrañable núcleo, el Pacha Mama. Y aquella mística me hablaba de responsabilidad con los que sufren, de lucha sin tregua contra los déspotas, de unidad necesaria para arribar a la utopía y, sobre todo, me planteaba una imagen de la Madre Tierra, sufriente y aún así, generosa, que colmó mis ojos de humedades y de pronto me vi con el puño izquierdo en alto, acompañando con cuerpo y alma un himno conocido y al mismo tiempo recién descubierto.

Era la mística revolucionaria, asumida en la escuela como una manera de ver y sentir el mundo, alimento imprescindible para la lucha donde se expresa la indignación, el compromiso, el respaldo a todas las causas justas y la certidumbre de la victoria.

Entonces, supe que allí me iba a ser preciso algo más que los conocimientos extraídos de obstinadas horas de lectura en las que me afané desde que tuve en las manos la convocatoria del curso, y que continué hasta en el vuelo. Lecturas con las que procuraba actualizar mi marxismo, mis conocimientos sobre América, sobre la historia de sus movimientos sociales, del Brasil, del MST, y con las que pretendía “estar a la altura”, sin dudas, imbuida por el viejo espíritu de competencia estudiantil, tenaz aún, muy a pesar de la profesión y praxis de la educación popular. En ese instante, comprendí que aquel era un lugar al que es preciso acercarse con espíritu humilde, presto a ser levantado y engrandecido porque es otra dimensión del heroísmo de un movimiento que no necesita afeites porque la coherencia está en el centro de todo su accionar, ya bastante extenso.

Luego, fueron numerosas las oportunidades que tuve para reafirmar ese juicio anticipado. También para enriquecerlo. Desde el mismo equipo de coordinación, donde resultaba un balance perfecto la alegría de Camila, (cuya risa hubiera querido traerme a Cuba), con la experiencia de Judite; la juventud de Katia y Alice, con la delicadeza de Simone, todo aderezado a base de ternura masculina, de la cual Nei, el único hombre del team, es un portador incomparable.

Pero nacía también de la organicidad del proceso pedagógico, que no se limita al área puramente académica, aunque esta tenga muchísima relevancia, sino que propone otros espacios tan formativos y tan políticos como las clases sobre el método marxista, las conferencias acerca de la obra de Gramsci o los seminarios de Mariátegui. Y paradójicamente yo, la cubana, venida de la tierra donde el Che había creado el trabajo voluntario medio siglo atrás, me descubrí revalorizando un término que muchas y muchos por acá consideramos demodé y me llenaba de regocijo un trabajo que no deja la sensación frustrante de pérdida de tiempo y energía sino que deviene, por una parte, gratificante aporte a una obra colectiva y por otra, se adquiere, o se recupera, la certeza de que en el trabajo voluntario sigue estando el embrión de la sociedad soñada, en tanto labor consciente, no retribuida, donde es posible percibir el resultado más concreto y más característico de una verdadera conciencia revolucionaria. Esto sin contar, además, la posibilidad de intercambio y cooperación que propiciaba, capaz en sí mismas de superar barreras idiomáticas y culturales.

Me recuerdo junto a Deneide, compañera de equipo, pletórica de vida y, como buena pernambucana, poseedora de un acento que hace difícil su portugués hasta a los mismos brasileños, ambas escobas en mano, lidiando con las hojas que colmaban los senderos, a la vez que sosteníamos una conversación de la que solo sacábamos en limpio que éramos dos batalladoras por la vida y que, cada una en su escenario, lo seguiría siendo. Querida Deneide, el día de la despedida me repetías una y otra vez tu amor por Cuba y por mí, mientras tus lágrimas de mujer brava mojaban mi rostro.

Un fin de semana viajamos durante casi seis horas en bus, sin salir del estado, (ah, formidable Brasil) para visitar campamentos y asentamientos del MST. Y allí,
fue que adquirieron justo sentido los primeros versos de un himno que no por repetido llega a hacerse pueril. “La primera tarea es ocupar toda tierra improductiva”, había cantado cada mañana, pero en ese momento comprobé el precio: pobreza, frío, hacinamiento, carencia de las más elementales comodidades para la vida cotidiana.

Justo cuando comenzaba a derrumbarme a la vista de tanta penuria, escuché una voz muy conocida que decía a mi oído: “No es triste, Esther, es lucha y eso nos hace felices.” Tenías razón, Elis Ángela, carioca indomable, de vuelta de mil batallas a quien, ni siquiera la muerte de seres queridísimos logró apagar la sonrisa. Entre tu gente increíble no solo pude admirar lo que son capaces de hacer y de crear los seres humanos cuando lo que los mueve es la certidumbre de haber descubierto un sentido justo para sus vidas, sino que la educadora popular que pretendo ser recibió lecciones vivas de diálogo, de construcción colectiva con alegría, de saberes compartidos en un espacio donde hombres, mujeres, niños, niñas, y hasta gatos y perros, participan de una obra que no tiene otro nombre que el de pueblo.

Ya ha transcurrido un año de mi estancia en la Florestán y para festejarlo, escribo esta crónica. Haber esperado todo ese tiempo me ha permitido depurar los recuerdos y hasta hacer el intento de distanciarme un poco para que lo emotivo no sature estas líneas. No sé si podré conseguirlo. Las emociones están aún muy vivas y se empeñan en permanecer, ojalá para siempre. Ahora mismo puedo resucitar bellísimos momentos y regalar bendiciones, donde quiera que estén, a quienes los hicieron posibles. Y así, bendigo a Camilo, joven uruguayo, por afirmar que mis cincuenta años lozanos eran la muestra más convincente de la obra de la Revolución cubana. Y bendigo a Viviana, heredera de la estirpe mapuche, cuyo buen humor fue el sortilegio que me mantuvo a salvo de la nostalgia. Y a mis hermanos venezolanos porque estar junto a ellos era recibir y dar el aliento necesario de quienes comparten idénticas esperanzas.Y a la valerosa Yojana, imagen misma del pueblo hondureño que resiste. Y a Costi y a Mariano por la química que, vaya usted a saber por qué, logran siempre argentinos y cubanos. Y a mis camaradas de núcleo por las risas compartidas y hasta por los desencuentros que alguna vez tuvimos. Benditos sean, en fin, todas y todos mis compañeros de Turma por el respeto a mi país, por el respaldo a nuestras luchas, por haberme hecho sentir, como nunca en la vida, orgullosa y responsable de ser cubana. Pero sobre todo, por enseñarme que la vida es algo más que andar por el mundo. Es, sobre todo, estar cada vez más en él.

mayo de 2011

por: Esther Avalos Mesa

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