Una familia cubana en el corazón de la Sierra Maestra

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Lo que aquí les cuento, sin embargo, es un hecho tan conspicuo, que supera cualquier expectativa al respecto. Resulta que en el patio de la familia de Luisita, crece nada más y nada menos que el mayor exponente de la orografía cubana: el pico Turquino.

Tomando en cuenta que las montañas también crecen (tiempo geológico que les toma), y que sobre ellas, a su vez, se espigan muchas matas de diversa índole, entre las que también hay demasiadas de mango, plátano, aguacate, etc; no me cupo la menor sospecha de que este espacio periférico en la casa de una niña cubana, clasificaba para una posición privilegiada entre los patios de la isla.

Luisita tiene once años, es hija de Eulicer Montero García, trabajador forestal; y Mirelkis Zapata Martínez, quien se ocupa de algo más que de las tareas domésticas comúnmente atribuibles a cualquier persona en su lugar. Con la niña viven, además, sus otros tres hermanos: Elier y Eudis, dos varones discretamente menores que ella; y Lisandra, que ya rebasa los veinte y tiene, a su vez, dos pequeños hijos, Eroibi y Eiler, que juegan en total armonía con sus tíos.

La montaña, como la ciudad, también tiene sus códigos, perfectamente transferibles en términos conceptuales. Aquí los ríos equivalen a calles y avenidas, en dependencia de su magnitud; cada arista de las lomas, a las esquinas; sin contar con los innumerables senderos que los pobladores del lugar hacen para desplazarse entre sitios, que a un citadino, eso si, les resultarían inalcanzables. Aunque hay mulos, bestias ideales para desandar las pendientes laderas de la sierra, a veces es preferible dejarlos exclusivamente para trabajar; por lo que es muy frecuente que la gente viaje sobre sus propios pies, salvando en muchas ocasiones escollos del terreno que a un cuadrúpedo de ese porte le resultaría bastante escabroso.

Justamente cuando llegamos a la casa, Eulicer y Mirelkis estaban de viaje para Santo Domingo, pequeño poblado distante a más de veinte kilómetros de allí. Al frente de la nutrida horda infantil, Lisandra y su esposo Orlando hacían que aquello fuera lo más parecido al paraíso: La casa se encuentra a unos ocho kilómetros arriba de la desembocadura del río Palma Mocha, a una altitud aproximada de 400 metros sobre el nivel del mar; toda vez que el río cava una profunda cicatriz en el rostro de la sierra Maestra, típico de sus afluentes hacia el Sur. Allí, por la profundidad del cañón aluvial, no ves el sol hasta las diez de la mañana, y lo dejas de ver tan pronto como a las cuatro de la tarde; pero cuando lo ves, calienta por cinco. Es al medio día cuando sus rayos encienden los megalíticos cantos del río, suficiente como para secarse de vuelta y vuelta sobre ellos. Por supuesto, en esta atronadora avenida de saltos de agua y profundas pozas, de un verde azul tan cristalino como un lente de alta precisión, es donde en buena medida discurren las felices horas de los jóvenes Montero Zapata.

… SI LLUEVE, SE MOJA, COMO LOS DEMÁS…
Durante el recorrido desde Pilón, en la provincia de Granma, hasta nuestro destino final, en cuanto medio de transporte se atreviese a cargarnos, todos los vecinos que nos cruzamos se quejaban de la tremenda sequía que azolaba al sur de la sierra; cuando más, por orden de prioridad, para la siembra, y para el divertimento de los vacacionistas que se mueven desde diversas localidades hasta las desembocaduras de los numerosos ríos que desaguan al Caribe. Para muchos, según empíricas estadísticas, solo el río Palma Mocha seguía vertiendo, aunque no con la fuerza de otros años. Ello se explica por la altitud de sus drenajes (los mayores de la isla), dejando correr la humedad que los picos logran arrancarles a las nubes que interceptan. A pesar de ello, no resultaron infrecuentes los torrenciales aguaceros, prodigados por nubes que bajaban apocalípticamente desde las cabezadas del Palma Mocha.

Antes de llegar a casa de la elocuente Luisita, hicimos estancia en la de Juan, trabajador del Parque Nacional Turquino, con quien ajustamos la subida al pico durante los días en que él estuviese de servicio. Luz María, su esposa, mucho mejor versada que Juan sobre los trajines del largo barrio, que se extiende a ambas riberas del río, nos adelantó algunas noticias de los Montero Zapata. Luego de dos días, con la consabida gratitud por el tiempo que pasamos en compañía de Juan y María, partimos río arriba, sorteando los rápidos y saltos de agua, como quien se atreve a cruzar la avenida 23 en horario pico. El sitio que debíamos alcanzar se encontraba ubicado en el lugar conocido como “Llanos del infierno”, escenario de no pocas confrontaciones, cincuenta y tres años atrás, entre el Ejercito Rebelde y el de la tiranía. Una vez allí, en la casa de esta prolífica y joven familia, constaté, a primera vista, otro deslumbrante acontecimiento: una escuela que funciona, exclusivamente, para su mayoritaria membresía en edad escolar. Dotada de paneles solares, televisor y una computadora, amen de las ventajas ambientales, este llamado “Infierno” tiene la sospechosa apariencia de un Jardín del Edén. La maestra viene desde el núcleo más poblado, en la desembocadura del río, y pernocta varias veces en el Llano; en ocasiones hasta una semana.

Un día, jugando en el río junto a sus hermanos, Luisita me confesó que, aunque ha conocido otros lugares y ciudades del oriente cubano, no le gustaría irse de aquí… “Pero todavía faltan la secundaria y el Pre, que se estudian en Ocujal y en Santiago”. Desde su temprana perspectiva, por aquí tiene mucho que hacer. A mi juicio, para que un paraíso sea verdaderamente auténtico, debe estar salpicado de ciertas exigencias que lo hagan “funcional”. Las labores que aquí se realizan para el sustento familiar, así como las de administración hogareña, son tan comunes como las de cualquier otra familia…, por supuesto, salvando las condiciones en que viven. Lo que si constituye un requisito indispensable, y diría casi espontáneo, es la abrumadora participación de todos en estas actividades; confundiéndose entre el estudio, el juego y el trabajo.

Cuando le comenté a Eulicer y su familia, quienes nos acogieron durante tres días con proverbial hospitalidad, que este lugar ostentaba una exótica categoría, mientras mirábamos al pico metido entre nubes, nadie pareció reparar en ello; lo mismo que si le dijera a una persona nacida frente al Capitolio de La Habana, que su casa tiene una posición paisajisticamente privilegiada. Allí nacieron, lo ven a diario, mientras van y vienen, ocupados en modelar su existencia bajo la imponente sombra del Pico, comiendo de sus mangos y sembrando los pasos del siguiente día.

También, desde el punto de vista genético, hay algo muy curioso entre ellos, y es que todos son “amarillitos”, como les dicen a los rubios por aquí “…hasta que crecen. Luego se ponen oscuritos, como yo. En la familia casi todos son así de niños”, acota Eulicer. Tan distantes de otros vecinos, con su dinámica socio-económica tan específica, en medio de las altísimas montañas que los envuelven, parecen miembros de un naufragio decimonónico, aunque su realidad sea bien distinta.

Al final del viaje, a modo de colofón, trepamos al mismísimo Turquino, con sus 1974 metros sobre el nivel del mar. Ya lo había hecho otras dos veces con anterioridad, pero de modo más dirigido y preciso. De no ser por mis indispensables compañeros de viaje, amigos en las buenas y en las malas, José Eduardo Yaque, Luis Enrique Pollán, e Inés Beatriz, conocedores del lugar y su gente, este remoto sitio, tantas veces soñado, no hubiese pasado de ser otra vuelta de cabeza en la almohada. Desde arriba, próximo al Turquino, más fresco, a pesar del tórrido agosto, en un sendero conocido como “Paso de las Angustias”, la casa de Luisita pasa felizmente desapercibida, como otras veces me pasó. Luego, degustando los consabidos mangos, durante un descanso en la bajada, les comenté a mis amigos que finalmente había conocido los cimientos de una muy alta aspiración, y sin la cual es casi imposible subir al cielo con los ojos abiertos.

Por: Amilkar Ferias Flores
Fotos: José E. Yaque

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