Visión Eclesial

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Concebimos la iglesia como una comunidad de creyentes regenerados por la gracia de Cristo (Hch 2:41,42, 47). La misión o ministerio de la iglesia es la evangelización, el anuncio de la Buena Noticia de salvación en Jesucristo a través de la proclamación, el testimonio y el servicio o acción transformadora del mundo.

La misión no es propia de la iglesia, es co-misión, ha sido llamada a colaborar en el proyecto redentor de Dios. El reino de Dios no es solamente una esperanza para el futuro. La iglesia debe realizarlo en el presente, orientada por la fe en Jesucristo y con la guía del Espíritu Santo (Lc 24: 46-49), el reinado de Dios que es shalom, salud, salvación, bienestar y plenitud de vida. Este reino se manifiesta de forma integral en lo físico y lo espiritual, en lo individual y lo social.

La iglesia anuncia el reinado de Dios (Mc 1:15; Lc 4:18-21; 10:1-9). Ella no es el reino de Dios ni es un fin en sí misma, no busca ser servida sino servir (Mr 10:42-45). Es por eso que ha de estar muy ligada y en actitud de amor y servicio a la comunidad, a las personas que la rodean y a sus necesidades.

Para cumplir su misión la iglesia desarrolla diferentes ministerios. (Mt 9:35-38; Ef 4:1-12, 1 Co 12, Ro 12:1-8). Ellos son:
• La Proclamación o anuncio (kerygma) del mensaje de salvación y transformación en Jesucristo, el Hijo de Dios. (Lc 4:18-22)
• La Enseñanza o edificación de los creyentes (didajé) dentro del cuerpo de Cristo para el testimonio.(Mt 28:18-20; Ef 4:11-12)
• El Servicio (diakonía) a la comunidad de fe y a la sociedad. (Ef 4:12; Mt 25:31-40; Lc 10:25-37)
• La Comunión, el compañerismo (koinonía) de los creyentes que comparten la nueva vida en Jesús. Comunidad que restaura y sana (Hch 2:44-47; Ga 3:26-28).
• La Adoración, culto o celebración comunitaria (liturgia) de la fe en Cristo a través de los cantos, las oraciones, la predicación, el ofertorio y la Cena del Señor (Hch 2:46-47).

El desarrollo de estos ministerios está atravesado por dos ejes fundamentales: el testimonio (Lc 24:48; Hch 1:8) y el discernimiento en el Espíritu o ejercicio del pensamiento crítico (He 5:11-14; 1 Co 2:6-16; 10:23-24; Mi 6:6-8) de modo tal que exista coherencia entre lo que hacemos, decimos y vivimos.

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