¿Y dónde están ellas?

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En este encuentro participan alrededor de 50 personas de todo el país que han estado trabajando este tema en sus comunidades.

En la conducción de este espacio interviene como invitada Elizabeth Soto, teóloga anabautista feminista de origen puertorriqueño radicada en los Estados Unidos, quien fue adiestrada por la teóloga estadounidense Letty Russell. Soto recibió su doctorado en 2005 en el Seminario Presbisteriano de San Francisco. Su tesis “Reclamando la Teología de la No Violencia para vencer la violencia familiar en Latinoamérica”, fue publicada en el 2008 por SEMILLA, Seminario Anabautista Latinoamericano de Guatemala, y este año se dará a conocer una versión en español de este volumen en el cual se incluye un acápite para adultos y niños diseñado en Colombia que sirve para acompañar a las familias que sufren la violencia dentro de la iglesia.

A propósito de este encuentro compartimos con las lectoras y los lectores de Caminos este material que interroga sobre el lugar de las mujeres en los textos sagrados.

Génesis

En el principio era el caos y en el caos convivía todo armónicamente. Pero en algún momento, después del principio, los hombres perdieron la habilidad de vivir en el caos y comenzaron a organizarlo todo a su propia conveniencia.

Hágase el patriarca blanco, adulto, para que gobierne sobre hombres, menos dominantes, mujeres, niñas/os, ancianas/os, animales, plantas, tierra y cielo. Si aparece vida en planetas lejanos, sea también sometida bajo el poder del patriarca. Fue la mañana y la tarde del primer día, y vio el patriarca que era bueno.

Hágase el matrimonio entre el hombre y la mujer, sea para toda la vida y asegure la propiedad del hombre y la obediencia de su mujer e hijos. Así fue el segundo día, para gusto del patriarca.

Hágase la casa. Sepárese el espacio público y el privado. Gobierne el patriarca en todos los espacios, asegúrese de que la mujer permanezca dentro de la casa y la mantenga organizada, limpia, planchada, cocinada y con hijos/as bien educados. Acabó la tarde del día tercero y el patriarca sonreía, satisfecho.

Hágase la violencia para controlar todas las propiedades patriarcales. La violencia física directa, la violencia sexual, la violencia psicológica, sutil, que mutila y siembra el miedo. Llegó al final del día cuarto y el patriarca se sentía orgulloso.

Hágase la racionalidad y constrúyase con ella una armadura ruda, tosca, resistente y reprimida, que proteja al patriarca del miedo y la debilidad. Después del quinto día, el patriarca estaba seguro de que su creación era perfecta.

Hágase un manual de reglas y normas para ser cumplidas. Asegúrese la transmisión de estas leyes a los hijos/as en cada espacio educativo y a través de todos los medios de comunicación. Terminó el día sexto y la alegría del patriarca era completa.

El sétimo día, los patriarcas descansaron mirando un juego de pelota, mientras sus mujeres les quitaban los zapatos y preparaban el baño caliente.

Éxodo

Pero las mujeres escuchaban sus propios latidos.
En la cocina aprendieron a conocer todos los sabores: lo agridulce del placer, lo amargo de las sobredosis de dolor, el chocolate de una piel acariciada con ternura, el picante del atrevimiento y la transgresión… los matices de todas las combinaciones posibles de sabores.

Olieron las mujeres la sal de las olas del mar, la humedad de la tierra mojada por la lluvia, la aridez del desierto, el perfume de flores en las noches tibias.

Escucharon los ruidos de su rabia, la tonada melancólica de sus frustraciones, la danza agitada de sus goces predilectos.
Tocaron el mundo cercano y lejano. Disfrutaron la suavidad de la brisa, la textura de las pieles diversas, la humedad de todos los fluidos corporales… y se pincharon con espinas, las lastimaron con armas de todos los colores y sintieron el escozor de las heridas que sanan.
Miraron a su alrededor. Se vieron en sí mismas, en las otras, en las razas diversas, la naturaleza, en rostros de todas las edades, en los hombres amados y odiados.

Se encontraron las mujeres en las plazas, en el mercado discutiendo precios, en las paradas de guaguas… y en los pozos vaciaron los cántaros sobre sus propios cuerpos para hablar sin temor con hombres desconocidos.

Se contagiaron unas a otras, descubrieron hombres contagiados. La esperanza fue alimentada mutuamente y se lanzaron al camino con sus sueños a cuestas.

Mujeres y hombres echaron a andar en busca de la tierra prometida. En el camino, hubo gente que cayó y ellas ayudaron a levantar, gente que desistió y se volvió a atrás, algunas personas siguieron adelante buscando el paraíso perdido… y hubo quienes descubrieron que la tierra prometida se hace en el camino, porque los asentamientos anulan el caos primero, donde todo convive armónicamente.

Entonces, mujeres, hombres, niñas y niños, ancianas y ancianos, negras y negros, homosexuales y heterosexuales, personas de religiones diversas, personas con capacidades diferentes… inventaron la espiral que construye una tierra más justa, desde dentro del propio cuerpo.

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