Y la guagua camina…

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Idania Trujillo

Pero más allá de esta representación, las Caravanas de la Amistad significan un profundo gesto de amor hacia nuestro pueblo y un desafío político de quienes, desde diferentes puntos de los Estados Unidos, Canadá y México –y también desde varios países de Europa–, parten hacia la frontera mexicana para transportar cientos de toneladas de asistencia médica, técnica y para la educación en la isla.

Pero tal vez el resultado más importante en todos estos años es que Pastores por la Paz ha logrado abrir espacios para el conocimiento de nuestra realidad en diversos sectores sociales, religiosos y académicos dentro de los Estados Unidos. Hoy son muchos más los norteamericanos que cuestionan la absurda política estadounidense hacia esta pequeña porción de humanidad caribeña.

Es obvio que ese desafío, consistente en venir a Cuba sin solicitar permiso al Departamento del Tesoro, como estipula la legislación norteamericana, ha tenido sus costos. Todos recordamos aquel ayuno que protagonizaron en 1993, pasando por diversos tropiezos, por ejemplo, en 2004, cuando la travesía adquirió tintes dramáticos en la preparación de la XV Caravana,. Según testimonios de los participantes, varios helicópteros sobrevolaron la carga y agentes migratorios requisaron, fotografiaron, tomaron videos y les formularon una clara advertencia, antes de permitirles, finalmente, cruzar la frontera: al regreso podrían ser sancionados severamente con penas que incluyen multas de hasta sesenta y cinco mil dólares.

Por si fuera poco, ese mismo año, cuando estaban acercándose a la línea divisoria con México les sorprendió otra noticia: el gobierno norteamericano había puesto en vigor las medidas que limitan a los cubanos residentes en los Estados Unidos, entre otras cosas, la posibilidad de visitar a su familia en la isla, y que también cercenan aún más el derecho constitucional de los norteamericanos a viajar a donde deseen.

Pero, a pesar de todo, la Caravana pisó suelo cubano. Jóvenes que nunca habían visitado Cuba, se dieron la mano con caravanistas veteranos.

Entre las más activas integrantes de esa caravana se encuentra la inquieta Ellen Bernstein, subdirectora ejecutiva de Pastores por la Paz, siempre sonriente y presta a responder cualquier interrogante. Con ella conversamos una invernal tarde en La Habana. De aquella larga charla, reproducimos ahora estos fragmentos, también como un sencillo recuerdo para quien sigue siendo el alma y la voluntad de IFCO Pastores por la Paz: el reverendo Lucius Walker, amigo de Cuba y defensor de la paz y la dignidad humana, quien falleció recientemente.

A lo largo de estos años, ustedes han realizado un trabajo de sensibilización sobre la realidad cubana con personas de diversos credos, orígenes étnicos y procedencias sociales, en comunidades y barrios de los Estados Unidos. ¿Qué avances e insatisfacciones identificas en esa labor?

Cuando empezamos este trabajo, pensábamos que la mayoría de los norteamericanos sabía muy poco sobre Cuba, con excepción de la gente de Miami y New Jersey. Incluso aquellos que sabían, probablemente lo que sabían era mentira. Por esa razón, entendimos que lo más importante era continuar viajando a Cuba y traer cada vez a más gente para que viera por sus propios ojos.

Desde el primer año –aquel 1991– hasta ahora, podemos apreciar que ha crecido el conocimiento sobre la isla. Por ejemplo, cuando realizamos el ayuno por las computadoras, en 1996 –en medio de la aprobación de la ley Helms-Burton, cuando las relaciones entre los dos países se tensaron al extremo de volverse insostenibles–, mucha gente nos dijo que en esas condiciones no era posible hacer un ayuno. Recuerdo que nos decían: “No pueden hacer un ayuno, porque nadie en Washington quiere hablar con ustedes sobre Cuba”. Sin embargo, nos reunimos, discutimos y decidimos que si, en última instancia, nos quedábamos solos para pedir la reconciliación entre los dos países, valía la pena el sacrifico. En ese momento fuimos a las oficinas de varios congresistas, que desconocían la realidad sobre Cuba, incluso mucho más que la gente de la base; nos entrevistamos con cada uno, les ofrecimos información hasta que, poco a poco, comenzaron a pedirnos que organizáramos sus viajes a Cuba.

Ahora, por ejemplo, cuando llegan los miembros del caucus negro del Congreso de los Estados Unidos y conversan con los estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina, es como si lo hicieran con sus propios hijos. Ellos sienten una conexión con la lucha de ustedes, porque han visto los logros de Cuba y lo que este pequeño país está dando a otras naciones en África y en la América Latina. Y eso vale muchísimo.

En 1996 nadie quería hablar con nosotros; pero poco a poco hemos logrado encontrar canales a favor del diálogo y el entendimiento con Cuba. Claro, ese cambio no es tan rápido como quisiéramos; sin embargo, es evidente que la actitud de mucha gente ha variado. Confiemos en que la mayoría de la opinión pública y del Congreso comprenda el error que significa mantener una actitud cerrada en el tema de las sanciones a los viajes. Como siempre, el asunto consiste en seguir insistiendo y en saber cómo manejar a un grupo pequeñísimo de extremistas a quienes los presidentes deben su elección.

¿En todas las caravanas han participado mujeres de distintas edades y origen social? ¿Qué importancia le atribuyes a esa participación?

Cuando llegamos por primera vez a Cuba inmediatamente surgió esa inquietud: ¿cómo involucrar a más mujeres norteamericanas en nuestras caravanas para que pudieran conocer lo que hacen las mujeres en la isla? Hemos viajamos con mujeres jóvenes y de la tercera edad, de distintos orígenes étnicos y de todas partes de los Estados Unidos. Ellas están aprendiendo acerca de lo que han podido lograr las mujeres cubanas en el terreno de la educación, la ciencia, la cultura, donde tienen un peso importante. Conocer esas experiencias ha sido muy impactante para ellas.

Cada vez que visitamos un consultorio del médico de familia, un hogar materno, una casa de abuelos, una escuela, inclusive un hotel donde hay enfermería, apreciamos la diferencia de actitud entre nuestros dos gobiernos. Es evidente que la gente aquí está luchando –las mujeres más que los hombres, porque ellas llevan la economía de la casa, trabajan, cuidan a los niños, tienen tantas responsabilidades– y podemos ver que, a pesar de todas las dificultades, viven en una sociedad que se preocupa por el bienestar colectivo. Mientras nosotros, que somos un país rico, muy rico, no tenemos ese incentivo, porque la mayoría de los recursos para el bienestar están reservados para los ricos.

En las caravanas, cuando viajamos en las guaguas y trasladamos las cajas, los bultos, las mujeres trabajamos mucho en equipo, y eso también nos fortalece. Compartimos las responsabilidades, visitamos las comunidades progresistas en todas partes de los Estados Unidos, escuchamos información sobre el trabajo que las mujeres están haciendo en sus barrios y eso nos enriquece y nos alienta.

¿Tienen alguna estrategia en el ámbito de la información y la comunicación para sensibilizar a los medios estadounidenses a favor de la solidaridad y contra el bloqueo?

Ese es un aspecto en el que necesitamos trabajar aún más. Siempre contamos con fuerzas para sensibilizar a la población en general y a la prensa; pero es una realidad que la mayoría de los medios masivos no ha tenido mucho interés en hablar con nosotros. Claro, tenemos nuevas estrategias para alcanzar esos objetivos.

No nos sentamos a esperar por los medios. Por eso para nosotros es tan importante compartir las anécdotas de nuestras visitas a Cuba. Eso tiene un gran impacto en los Estados Unidos. Cuando regresamos y compartimos lo que hemos visto aquí, la visita a un hospital, a un círculo infantil, observamos que muchos norteamericanos experimentan una sensación de incredulidad, no pueden concebir que haya gente con una actitud tan positiva, aun en medio de tantas dificultades y carencias. Y eso es algo esencial. No es sólo ver las condiciones económicas difíciles en que viven, y los planes y estrategias que han desarrollado para cambiar las cosas, sino el hecho de que los cubanos siguen, persistentemente, realizando sus sueños. Y cuando compartimos con nuestra gente, cuando contamos la realidad cubana sin adornos, tal cual es, ocurre una cosa muy linda: nuestra gente siente una esperanza tremenda.

Queremos seguir compartiendo esas anécdotas para sensibilizar a más personas, para que entiendan por qué no debemos temerle a Cuba, por qué esta pequeña isla no es una amenaza para nosotros. Ustedes están creando cosas nuevas que nosotros podemos usar; están haciendo milagros en todas partes del mundo, son abiertos, generosos, son gente de fe en muchos sentidos y están actuando a partir de esa fe. ¿Será por eso que el gobierno de los Estados Unidos los está castigando? Estamos seguros de que, poco a poco, vamos a ver más cambios. Creo que si en este momento crítico empujamos un poco más, podemos proponernos nuevos desafíos.

Ocho meses después de la primera Caravana de los Pastores llegara a suelo cubano, en julio de 1993, cuando el Período Especial alcanzaba su fase más aguda, la segunda Caravana de la Amistad cruzaba la frontera por Laredo. Todos los vehículos habían pasado; solo quedaba un pequeño ómnibus escolar amarillo, conducido por el propio Lucius Walker. Por orden del director de la Aduana, la policía lo colocó a un lado, desmontó sus gomas y se negó rotundamente a todo diálogo.

Pero la respuesta de Lucius no se hizo esperar. Convocó a una huelga de hambre con la firme decisión de no abandonar el ómnibus hasta que lo dejaran salir para Cuba con destino a la Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao para su trabajo de servicio a la comunidad. Con una temperatura de hasta 42 grados centígrados, catorce hermanos y hermanas, bajo la consigna de “Sí se puede”, desafiaron el injusto y criminal bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba. Junto a nuestro hermano Lucius, estaban los que alguna vez aparecerán entre los héroes de la fe y de la solidaridad: Lisa Valenti, fundadora de la Coalición Cuba en la ciudad de Pittsburgh y de la primera caravana; Gilda Roberts, de Filadelfia, miembro de la Brigada Internacional “Abraham Lincoln” durante la Guerra Civil Española, quien a pesar de sus setenta y siete años de edad, y en un sillón de ruedas, no dudó en sumarse a la huelga; Abraham Golokow, de ochenta y seis años, fundador de la primera caravana, conocido por su persistente participación en la luchas políticas y sociales; el reverendo Milton Reid, pastor de la Riverside Gideon Baptist Church, en Norfolk, Virgina, y veterano de la lucha por los derechos civiles. A pesar de su enfermedad y ancianidad, este hermano estuvo al lado de Lucius en este gesto de solidaridad por un pueblo bloqueado; Peggy Hopson, mexicano-americana bien conocida como activista en su comunidad de Chicago; y el padre James Mackena, sacerdote de la diócesis de Dallas, Texas, quien ha ejercido su ministerio cristiano durante veinte años en Perú y cinco en Nicaragua. Junto a ellos, también estaban Elizabeth Kirkpatrick, Lisa Rottach, Chritopher Hoeppner, May Ying Welch, Alex Tehrani, Francisco Romería y el cubano-canadiense Camilo García.*

  • Fragmento de Cuando pasares por la aguas, de Raúl Suárez Ramos, Editorial Caminos, La Habana, 2007

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