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¿Qué te dice Dios?

Por Angélica María González*_

Al llegar a la universidad estaba preparada para dar mi clase. Venía con motivaciones especiales porque imaginaba que la situación así lo requeriría. Tenía en mente el entramado de pasos didácticos para concentrar a los estudiantes en el objetivo del tema, pero al entrar en el aula sentí cómo la atmósfera se pintaba de gris.

– Profe, esto parece una película de zombis, da miedo salir a la calle.

– En cualquier momento nos podemos enfermar. La situación está empeorando. Es un virus que no se puede controlar.

Continuaban hablando y me preguntaba, si acaso no habían imaginado que en algún momento iban a morir, ¿por qué tanto miedo? ¿No habían visto siempre la muerte como un hecho natural?

Entonces se escuchó un último comentario.

– Profesora, ¿sabe algo?, lo que más tristeza me da es saber que me puedo morir sin tener un hijo.

Me dolió escuchar que una alumna experimentaba ese sufrimiento. Muchas personas viven esa clase de dolor, la espera de la felicidad. Con mucho coraje les hablé de que nuestra alegría no puede residir únicamente en aquello que esperamos alcanzar – esas súper metas futuras- sino en el día a día, en el minuto, en aquello que disfrutamos hacer: conversar con los amigos, cenar en familia, leer libros, impartir clases… (se oyeron varias risas, supongo porque es común escuchar que el trabajo debe ser necesariamente molesto, agotador y aburrido, casi nunca como una fuente de realización que elegimos merecer); todo lo que hagan tiene que darle significado a su vida, valor a su tiempo y felicidad a su corazón.

Tenemos que aceptar la tristeza que vivimos y buscar en ella respuestas a preguntas como ¿qué podemos aprender de esta situación? ¿cuál es la mejor forma de dirigir nuestros pensamientos? ¿para qué se da en el mundo, en mi país y en mi vida este momento de muerte, de aislamiento físico y de interrupción en la dinámica de mi cotidianidad?

Desde lo más profundo de mi pensamiento, trataba de simplificar y contextualizar en ese escenario universitario la pregunta que desde un tiempo resonaba en mi cabeza. ¿qué lectura Dios quiere que haga de lo que está aconteciendo, en estos momentos, con esta epidemia?

Desde mi fe siempre pienso en la misión: la interna y la externa.

La interna es la manera en que Dios me pide que me transforme, que cambie mis actitudes, mis emociones, mis deseos; solo se da desde el encuentro personal con Cristo, solo los dos, reconociéndolo dentro de mí. Sin duda, creo que es momento de valorar el poco tiempo que estoy con Él. Tal vez son más las veces que no le presto atención, que no lo quiero, que no lo escucho, que lo olvido, que no me atrevo a amarme de la forma en que Él lo hace y a confiar en el camino que me espera.

Me vienen a la mente las palabras de San Ignacio de Loyola: ¿cuando despiertas por las mañanas, en qué piensas…? Si al final del día supieras que vas a morir ¿qué harías?

Hacemos frente a las tareas que el mundo nos impone, aquello que consideramos más urgente entre todas las cosas, pero al final, solo son días ocupados y vacíos.

Debemos vivir guiados por un solo principio: amar a Dios y sentirnos amados por Él. Todo lo que poseemos: capacidades, recursos, conocimientos, deseos, sueños, e incluso el dolor, es para acercarnos más a Dios, para glorificarlo y para servirle.

Encontrar a Dios en el dolor significa mirar el mundo de una forma nueva y descubrir que las personas, la naturaleza, la alegría y el sufrimiento nos llevan a aproximarnos a Él.

Entre tanto dolor localizamos las raíces del miedo que sentimos (ahora que la muerte nos parece más cercana) reconociéndonos débiles y frágiles, percibiendo nuestros planes y metas como castillos en el aire; pero es en el propio misterio de nuestra fragilidad que encontramos nuestra mayor fortaleza: Dios.

Comparto todo esto desde situaciones de mi vida donde, ahogada e inmóvil ante los profundos miedos que sentía por toda clase de enfermedades y accidentes, temía al final encontrarme con la muerte.

Solo las maravillas que Dios ha colocado en mi existencia han posibilitado acercarme a aquello que más he temido para fortalecerme. Si Dios es mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana, mi amigo y mi amiga, pues nada de lo que venga de Él me puede hacer daño espiritualmente. Todo lo que llega a mí es para vivir en amor y por amor, esa es la reconstrucción de mi misión interna.

La misión que no debe faltar, pues me configura en el dar amor, es la misión externa:cómo me manifiesto, mis actitudes, palabras, relaciones. Es precisamente la relación cercana con Dios la que me va a permitir dar a todos aquello que de Él recibí.

Bajo las condiciones que exige prevenir el contagio de esta enfermedad, tenemos que relacionarnos desde la distancia física y desde los muros del aislamiento. Creo que es una ocasión para recordar el valor de los abrazos, de los besos, de las caricias y del encuentro con el otro/a; es resignificar aquellos gestos que estábamos desvalorizando y aquellas personas a las que no les prestábamos atención, aquellos ancianos y comunidades más necesitadas que siempre dejábamos para después.

Ahora siento que Dios nos propone un reto creativo: dar amor desde la distancia. ¿Es acaso posible? Seguro que sí, porque el primero que da amor sin estar presente físicamente es Él. Lo ofrece en todo momento y más íntimamente en el encuentro espiritual, para después reconocerlo en el rostro del amigo, del desconocido, en las flores, en los perros callejeros, en los árboles…en toda su creación.

Es momento para valorar el encuentro espiritual, desenmascarar que el amor no es solo ni primariamente físico. Es más que una emoción, es una decisión que involucra nuestra voluntad y todo nuestro ser.

El amor es un misterio que se manifiesta de diferentes formas y nosotros somos portadores de él. Venimos al mundo con el objetivo exclusivo de amar. Podemos hacerlo y es nuestra misión: Construir el Reino de Dios en la tierra: un reino de igualdad, justicia, solidaridad, donde sobran leyes porque sobra amor.

En un mundo tan dividido por países, sistemas, ideologías, economías, religiones, razas, género, donde lo diferente lo utilizamos para separarnos e imponer nuestra diferencia como lo normal, donde las guerras, los conflictos y las revueltas no cesan, debemos percibirnos entre tantas diferencias como iguales.

Ser iguales es valorar la vida. Cada uno de nosotros es un pedacito de Dios, porque no estamos fabricados en serie. Él colocó en cada uno aquello que es indispensable para el mundo, para que pudiera materializarse en una pintura, en un libro, en una clase, en un discurso o en un gesto. Sin embargo, ¿a cuántos doctores, campesinos, artistas, cocineros y otros han matado, privándonos de la gracia que íbamos a recibir mediante esa persona? Descubrir nuestra misión es validar la necesidad de otras misiones donde Dios pide hacerse presente.

Ahora, cada vez que converso con alguien por teléfono tengo el impulso de hacer la misma pregunta. Después de escuchar con ánimo lo que me cuentan, casi siempre me piden una respuesta y he optado por la versión corta.

Como el cuento de la lámpara encendida de la madre Teresa de Calcuta, quiero encender pequeñas lucecitas en los demás, sin importar si voy a morir mañana o dentro de veinte años.

Con mucho cariño para ustedes, pedacitos de Dios, les regalo mi experiencia y les agradezco su tiempo. Espero que la vida que Dios nos da nos sirva para iluminar el mundo.

* La autora es miembro de la Red de Educadores Populares Ambientales en Pinar del Río

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