Una semana mágica

Liliana Sierra Sánchez

Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso, aprendemos siempre

Paulo Freire

Gibara, la villa blanca y de los cangrejos, la ciudad tranquila que enamora con sus cubanísimas aguas, nos acogió durante una semana. Éramos 35, llegados de diferentes territorios de la región oriental, y hasta de naciones hermanas como Panamá y Bolivia; nos unían el deseo de aprender sobre la educación popular, el ánimo de compartir experiencias y visiones, la fe de aportar más a la construcción de este proyecto socialista y nuestro.

A muchos nos resultó muy difícil el traslado, por la distancia geográfica o los contratiempos del transporte, pero ahí estuvimos, ávidos de conocimientos, con el morral cargado de esperanzas y sueños, con las expectativas al límite, y tal vez sin imaginar el camino hermoso que sería el Taller Básico de Concepción y Metodología de la Educación Popular. Para serles sincera, a mi entender esta nomenclatura está muy por debajo de la esencia que encarna este espacio, del cual salimos convertidos en familia en movimiento.

Yohana y Loyet, con su cuota de responsabilidad que luego compartieron con todos y todas, fueron los coordinadores principales del encuentro, en el que no pocos nos aproximamos por primera vez a conceptos como integración o encuadre, y entendimos a profundidad la pasión que encierra la mística.

Fueron jornadas de construcción colectiva, de revisarnos por dentro, de reconocernos como dominadores o dominados en diversos momentos y lugares, de identificar en nuestra cotidianidad prácticas ajenas al bien común. Cobraron vida propia palabras como diálogo, ética, participación, horizontalidad, poder popular, emancipación, cambio social. El grupo, integrado por saberes y sentimientos individuales, se transformó en un único sujeto portador de una conciencia enriquecida, crítica, creadora.

El debate, la reflexión aguda, el examen constante, la unión del cuerpo con el sentir y los pensamientos, el encuentro con la identidad de la red de educadores y educadoras populares, dieron aliento a las horas que nos parecieron pocas, porque el tiempo nos parece más rápido cuando saboreamos y vivimos al máximo los instantes.

Hubo de todo un poco: tareas compartidas para cada jornada; iniciativas sorprendentes; poemas; audiovisuales; noche de canciones que nos desbordaron de risas, lágrimas y empatía; fiesta; dinámicas; juegos; baños en la playa y recorridos por la ciudad…Algunos se expresaron a través del arte, y afloraron los talentos ocultos en artes plásticas, en actuación, en música y baile. Cada quien puso de sí mismo, se hizo parte, entendió la necesidad de ejercitar el criterio propio y enriquecer la obra colectiva.

Así, poco a poco fuimos descubriendo la metodología, las cuestiones teóricas, a través de procesos diferentes y horizontales, donde cada uno fue protagonista, entendiendo, como decía Freire, que no hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre acción y reflexión y que la educación no cambia al mundo, sino a las personas que van a cambiar el mundo.

Fuimos autores, artistas, soñadores, sanamente locos o locamente sanos, a quienes nos envolvió la magia de la Educación Popular, su savia transformadora y emancipatoria, y de allí salimos más comprometidos/as con nuestro pedacito y también con el proyecto que hacemos a diario; llenos/as de certezas y en busca de un horizonte posible.

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